Durante muchos años, Doña María, esa mujer del pueblo que conoce como nadie El Duende de la Radio, ha hablado en las ondas de una ocurrencia que había tenido para facilitar la vida a las gladiadoras del hogar, que es como ella llama a las amas de casa. Doña María, casada con un sindicalista ya prejubilado y madre de cuatro hijos, es ese prototipo de mujer que ha hecho master en economía sin saberlo para poder sacar adelante esa casa que tiene en el Bloque de los Arándanos en los alrededores de Madrid.
Ha sido una mujer siempre obsesionada por todas esas cosas que, según dice, se hacen de espaldas al pueblo: esos baños de las viviendas sociales que obligan al contorsionismo para utilizarlos, los envases que cumplen mal su función, los carritos de los supermercados que tienen querencia hacia un lado… Los quehaceres domésticos han sido responsabilidad suya, ya que el sindicalismo militante de Manolo, su marido, nunca se tradujo en asumir parte de las tareas domésticas. En ese ámbito, en el doméstico, ella ya había hecho experiencias piloto de ese invento que mencionaba al principio, que consistía en acoplar una balleta a las zapatillas de estar por casa, lo que dio como resultado su famosa zapalleta. Doña María, mujer del pueblo como es, nunca fue a registro alguno a inscribir su idea y cometió la imprudencia de comentarlo en los medios de comunicación sin haber procedido a ese registro. Ayer Elena, mi mujer, me pasó un recorte de una revista y me dijo: “le han fusilado la idea a Doña María”, tal y como puede comprobarse en la foto de abajo. Indignante, vergonzoso, penoso, irritante.
Menos mal que tenemos a la SGAE, que seguro que le compensa con el supercanon digital lo que la han birlado como derecho de autora. Porque si la zapalleta funciona, nadie me negará que Doña María no tiene arte.




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