Desde hace algún tiempo vengo manteniendo la tesis de que la gente mejor preparada huye de la política y se dedica a otros campos de actividad. Sostengo también que el pequeño grupo que escapa del pelotón del los mediocres en que se ha convertido la actividad pública sufren algún tipo de patología, muy relacionada con la sobrevaloración del ego, algo que tiene que ver con un punto de desequilibrio personal y con la corte de aduladores que siempre les rodea. Es una patología que se da también en otros sectores, no voy a negarlo, lo que sucede es que en la política es especialmente preocupante que se pierda el contacto con la realidad. Cierto es que hay algunos brillantes y normales, pero casi todos los que he conocido son ya voces muy críticas, desencantadas si no de la política sí de sus propios partidos.
Nuestro sistema político tiene un problema adicional que nos ha convertido en el reino de los mediocres. Si hacemos cuentas y sumamos diputados, senadores, diputados autonómicos, alcaldes y concejales que viven de ello, miembros de los gobiernos nacionales y autonómicos y altos cargos políticos de todas esas administraciones, el resultado es una cifra espectacular. Quiere ello decir que, aunque sólo fuera por razones estadísticas, el número de alelados que se dedica a la política por fuerza tiene que ser ya alto. Si a ello unimos mi primera consideración, el panorama es desolador. Así les tienen que hacer señas con los dedos para que sepan qué votar y algunos hasta así se equivocan. Estamos gobernados por una clase política que malviviría si se tuviera que ganarse la vida con su profesión que, en muchos casos, no se sabe ni si tienen.
Yo creía que este bonito panorama era resultado de un proceso de selección natural. Es decir, que en la época de la juventud aquellos que se veían atraídos por la política eran personas tan brillantes e inteligentes como las que se podían interesar por cualquier otra actividad. La inclinación inicial que podían sentir por la vida pública desaparecía cuando se desencantaban como espectadores del debate político y, a partir de ahí, se dedicaban a abrirse camino en sus respectivas profesiones. Sólo los que lo tenían difícil o aquellos que dibujaban ya un cierto perfil de patología del ego se vinculaban a los partidos e iniciaban una carrera política. Está bien, lo acepto, siempre hay alguno que tiene eso que llaman vocación de servicio público, los menos.
Pues bien, mi tesis de la selección natural se me ha caído por los suelos después de ver el video que han hecho los chic@s de las Juventudes Socialistas para, presuntamente, defender la educación para la ciudadanía. Qué flaco favor le han hecho a la asignatura. El supuesto humor no puede ser más grueso y chusco, la penosa interpretación, el escaso bagaje cultural que les lleva a forzar la broma con la G para que el pijo-bobo diga José María Aznar (supongo porque no se les ocurría más defensor de la paz que Gandhi)… aparte de todo eso, imagino que la educación para la ciudadanía les debería llevar al respeto a todos, incluida la minoría a la que pertenece el idiota al que parodian, una pobre víctima, sin lugar a dudas, de malos tratos psicológicos por parte de sus padres, profesores, amigos y hasta por parte de Lacoste, lo que debería llevarles a ofrecerle un programa de asistencia psicológica en lugar de reírse de él. Por otra parte, no está bien que ahora obliguen a renovar el armario a la cantidad de simpatizantes socialistas (y hasta dirigentes del partido) que tienen una prenda de esa marca, ya que los han estigmatizado de tal forma que les será imposible salir de casa con ella.
Lo que demuestra el video, por tanto, es que la mediocridad de los que se quieren dedicar a la política se encuentra ya en edades tempranas, que no es el resultado de un proceso de selección natural. Así que más nos vale que nos espabilemos y que empecemos a pensar desde la ciudadanía en cómo ir cambiando este triste sistema de partidos que cada vez nos aleja más de la política y nos mueve más a la abstención.
Qué poco talento, madre mía. A lo mejor como video de fiesta de fin de curso del instituto tenía un pase, cosas de la edad, ya se sabe. Pero os digo yo que los que lo han hecho igual hasta esperan recibir ayudas de las que están previstas para la promoción del cine español. Es un audiovisual, ¿no? Pues no veo porqué no dárselas.
Yo creo que la educación para la ciudadanía o como queramos llamar a esa asignatura hace falta. Durante muchos años, la educación católica nos proveía de un cuerpo moral con el que empezar a movernos y, aunque luego nos convirtiéramos en agnósticos y discrepáramos de lo que nos habían enseñado, teníamos un primer marco referencial. Hoy eso no ha sido sustituido por nada en la educación y muchas familias tampoco cumplen con su obligación de enseñar valores. Por eso creo que es necesaria una asignatura como esa, porque los chavales necesitan de un marco ético de referencia, en una sociedad que cada día corre más el peligro de arrinconar los principios. Y habrá que negociar los contenidos, que tienen un marco magnífico de referencia: los derechos humanos y nuestra constitución. El problema, una vez más, es que el asunto está en manos de nuestros mediocres políticos.


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