El viejo gruñón ataca de nuevo, con sus malas formas, con su mal estilo de siempre y en un momento poco oportuno. La decisión de Luis Aragonés de no convocar a Raúl con la selección nacional es discutible, pero respetable. Podríamos argumentar que cuando Raúl estaba en su peor momento de juego era un fijo de su equipo y que, ahora que está jugando mejor, sorprende que no sea ni convocado. Pero el seleccionador nacional está en su perfecto derecho de hacerlo. Es él quien decide qué equipo quiere, con qué jugadores y a los demás nos toca opinar, porque el fútbol en eso es muy democrático: admite la opinión de cualquiera, hasta la mía.
Por tanto, en lo que a la decisión se refiere, nada que reprochar más allá de la opinión de cada uno. El problema de Luis es otro, es el de su incapacidad cada vez mayor de manejar un aspecto importante en el trabajo de un seleccionador: su relación con la prensa y con la afición. El espectáculo de Luis enfrentándose con un aficionado que estaba detrás de una valla al grito de qué es lo que ha ganado Raúl con la selección le desacredita una vez más. Con ese profundo criterio, qué han ganado el resto. Por esa regla de tres deberíamos perder todos los partidos por incomparecencia, a no ser que nos presentáramos a un campeonato de veteranos y lleváramos a los supervivientes, si los hay, de aquel equipo que ganó el europeo en el Bernabeu, si no recuerdo mal, porque me parece que yo ni había nacido. Porque el resto de jugadores tampoco ha ganado nada con la selección absoluta. Es más, siguiendo sus profundos argumentos, qué ha ganado Luis con la selección nacional: nada, y casi nada también en su carrera de entrenador, la más dilatada del panorama nacional, que se ha saldado con un par de títulos, sin contar los torneos veraniegos.
Nunca he llegado a comprender el enorme prestigio de Luis especialmente entre la prensa a la que ahora señala como el enemigo del fútbol. Porque si alguien ha impulsado el nombre de Luis han sido unos medios que le han señalado como el sabio de Hortaleza, a pesar de que en su búsqueda de fórmulas magistrales ha ido fracasando de equipo en equipo. Sin embargo, cuando ahora le grita con malos modos a un aficionado, le menta a prensa como el demonio al que no hay que hacer caso porque no para de malmeter.
A mi me da igual que gane o que pierda, yo quiero que se vaya, porque un seleccionador tiene la obligación de aglutinar a la afición en torno al equipo. Tiene la obligación de crear ilusión, buen rollo, defender sus ideas con estilo y argumentos y no gritar con gesto desencajado a un pobre aficionado cuyo pecado es pensar que tal vez sería buena idea que llevara a Raúl. Tal grado de enojo en su comportamiento hace pensar que su decisión no se debe a razones futbolísticas, sino a uno más de los enfrentamientos personales de Aragonés con los futbolistas. Qué triste espectáculo.

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