Me manda una amiga lectora de este blog esta divertida foto. No sé porque, me parece muy identificativa de los tiempos en que vivimos. Hay muchos que, con tal de crecer, no están interesados porque encontremos una salida a nuestros problemas.
No porque no encuentre la salida, pero estoy perdido en la montaña polentina. Aunque lo correcto sea decir montaña palentina, en este caso, al estar en un pueblo del que ya os he hablado en alguna ocasión, Polentinos, el término es también válido. El otoño todavía no se muestra en su máximo esplendor cromático, de tal suerte que los robledales y los hayedos siguen estando mayoritariamente verdes y sólo los chopos empiezan a amarillear alcanzando matices de color realmente bellos. Los caballos y las vacas siguen pastando en los prados mientras disfrutamos de un sol que no necesita sortear ninguna nube. La temperatura es fresca, unos trece grados de máxima y unos dos de mínima.
El panorama sería muy atractivo si no fuera porque mi voz no la reconozco. La verdad es que el martes, mientras grababa para la tele, ya noté algún aviso de que algo me pasaba y los dos días siguientes noté que no me encontraba del todo bien, pero no acababa de ponerme malo. Consultado el Dr. Zapatero, me dijo que mis síntomas ni siquiera eran de un resfriado y, confiado en el diagnóstico, ni tomé medicación ni tampoco precauciones. Tal vez, especialista como es Zapatero en la lucha contra los cánceres que padece España (la violencia terrorista, el encaje de algunas autonomías, la desmemoria histórica y hasta el increíble precio de la vivienda) es capaz de confundir los síntomas de una afección un poco más seria con la de un simple resfriado. El problema de no dedicar tiempo al diagnóstico de la situación es que, si te equivocas, la enfermedad sigue avanzando y quién sabe si después, cuando te quieras dar cuenta, tienes que atacar ya una neumonía.
No es que parezca algo más allá de un trancacito, pero hoy me he levantado con fuerte dolor de garganta, algo de tos y una voz que parece salida de ultratumba. Una mierda, vaya, ya que no me encuentro con fuerzas para afrontar las caminatas que tenía previsto realizar por el bosque, ni tan siquiera una excursión en quad por unos caminos que proporcionan paisajes bien atractivos. Por un momento, cual si fuera Rajoy, he pensado en la automedicación, en atiborrarme yo a pastillas y remedios y él a España, pero me ha parecido que el Dr. Rajoy le dedicaba al diagnóstico lo mismo que Zapatero y que el uno por exceso y el otro por defecto, ninguno de los dos se entera de la auténtica dimensión que ofrecen los síntomas.
Mientras tanto, en la confusión de los síntomas que vivimos, son cada vez más los que empiezan a tratarse con cataplasmas cuya base científica no va más allá del rudimento inservible. Por eso, unos botarates eligen un momento extraordinariamente inoportuno (el de la ofrenda a los militares caídos en el Líbano) para abuchear a Zapatero, olvidándose del dolor de las familias, amigos y compañeros que honraban sus memorias. Otros, pocos afortunadamente, acudían con la cataplasma del aguilucho, unos descerebrados se ponían a quemar fotos de Carod Rovira, como si Carod fuera alguien en el panorama político, y a sus partidarios les daba por seguir con la quema de fotos, en este caso las de no sé cuántos borbones. Y mientras tanto, Zapatero escudándose en el Rey y saliendo por la puerta de atrás y Rajoy, bajo los efectos hipnóticos de tanta España, limitándose a decir que siempre está a favor de que nadie se meta con nadie y que él ni lo hizo ni lo hubiera hecho. Pues sólo faltaba. Ahí teníamos en esas a nuestros políticos de segunda, incapaces como son de sentarse juntos para dar respuesta a los problemas, en tanto que la guerrilla proetarra tomaba de nuevo las calles de San Sebastián. Y nosotros a vueltas con resfriados y banderas.
Así que entre el panorama político y el de mi enfriamiento, me tenéis encerrado en casa, intentando comprender las cuentas de las obras de la comunidad de vecinos de mi piso en Madrid. No sé si por mi estado, pero me ha costado entenderlas y aún tengo preguntas pendientes para el administrador. Es lo que tiene vivir en una casa de más de cien años que no había recibido ningún cuidado hasta la última década. Forjados, pocería, cubiertas, bajantes… en fin un catálogo completo de obras a realizar que van creciendo a medida que se hacen. Afortunadamente, no han tenido que realizarlas en mi casa. Como decía mi vecina Beatriz, cualquier casa es susceptible de mejoras hasta la completa ruina de sus propietarios. Y no sé porqué, al decir esto, me ha vuelto el panorama de las reformas que se han emprendido en los últimos años en España. Creía Zapatero que con sus obras teníamos obras hechas para 25 años, pero sus arquitectos autonómicos ya le están pidiendo ampliación de presupuesto.
Para subir este pequeño delirio a mi blog (creo que no tengo fiebre pero a tenor de lo que he escrito igual sí), viajo al pasado reciente cuando tengo que acceder a internet con el módem de mi portátil. Es lento, pero funciona, y te permite revivir aquel piiiiiii, rrrrrr, rrrrr, phssssssssssss previo a la conexión a la red. Por cierto, que lo he intentado reproducir y ataque de tos, picor de garganta, la voz que no me sale…. Estoy como para cantar en falsete, qué pena de hombre.
Aquí creo que el médico sólo viene los jueves (y seguramente diagnostica mejor que Zapatero y Rajoy juntos), así que he bajado Cervera de Pisuerga y me he ido a la farmacia. Un poco de ibuprofeno y a esperar que baje la inflamación. Pues eso, lo que decía Zapatero. Aunque no sé yo, me parece que la auxiliar de farmacia no quiere mojarse y que me haría falta algo más, pero a falta de médico será mejor aguantar. Sólo espero recuperarme para el lunes, que tengo seis negociaciones que grabar y, en este estado, igual arruino al programa. Puentes para qué os quiero.



Comentarios recientes