Qué bonito tiene que ser hablar para no llegar a nada. Qué habrá pasado durante las dos horas de reunión de Zapatero con Ibarretxe. Oye, pues que no. Pues por mis… va a tener que ser que sí. Pues ya verás como no. Pues ya veremos como sí. Pues vale, tú mismo. Pues claro que yo mismo, que soy quien va a decidir. Pues ya te enterarás. Pues a ver si el que se entera eres tú.
Repetido varias veces este argumento, un poco adornado y expuesto educadamente, eso sí, acaban con un hasta luego y agur. Y ahí empiezan las preguntas sobre cómo ha ido la reunión. “Más claro el agua, y como el agua debe estar claro que el ‘lehendakari’ no debe convocar ningún tipo de consulta, aunque no tenga valor vinculante”, dice seguro de sí mismo Zapatero. Y el lehendakari pensando, ya, pero como las aguas bajan turbias, no me parece a mi que esté tan claro. E imaginando que el otro iba a pensar lo del agua turbia, ha añadido “No se puede hacer, no se va a hacer y no se hará”, que le ha quedado un poco redundante, pero bastante clarito.
Eso lo dice el uno y el lehendakari, mientras tanto, pues como si hubiera estado en otra reunión. “Mi propuesta es absolutamente legal, legítima y democrática”.Qué va a decir, sería un poco extraño que dijera que es ilegal, ilegítima y antidemocrática. Pero luego ha añadido otra frase que ha sido especialmente interesante: “Todas las negociaciones comienzan por un encuentro titubeante”. Vayamos a los significados de titubear: vacilar al hablar o al hacer una elección; quedarse perplejo en algún punto o materia, mostrando duda sobre lo que se debe hacer; oscilar, perdiendo la estabilidad. No sé cuál se ajustará más a lo que pretendía dar a entender el dirigente vasco. Conjeturemos un poco. A ver si lo que pasa es que está vacilando el lehendakari, en el sentido de tomar el pelo o burlarse de alguien hablándole con ironía, y resulta que todo forma parte de una cámara oculta a Zapatero. También puede ser que el Presidente se haya quedado perplejo al comprobar que Ibarretxe va en serio con su propuesta. Pero lo peor, sin lugar a dudas, sería que con sus ocurrencias nos haga perder la estabilidad social. Así que ojalá fuera la primera interpretación la verdadera, pero me temo que no.
Lo que suele pasar es que nadie acaba de entender a los nacionalistas y los pocos que les comprenden suelen ser nacionalistas de otro cuño. Zapatero, en mi modesta opinión, tenía ese problema, y nunca llegó a comprenderles. Creía que ampliando cuotas de autogobierno las tensiones desaparecerían. Cuando Zapatero se metió en la historia de la reforma de Estatut, por ejemplo, llegó a decir que con ese cambio se cerraba el asunto para los próximos 25 años. No se ha cerrado ni por unos meses, pero que nadie crea que eso se debe a los cambios que se introdujo al texto que se aprobó en el Parlament de Catalunya. No, se hubiera aprobado lo que se hubiera aprobado, a los 25 días o, como mucho, a los 25 meses ya se hubiera tenido que afrontar la necesidad de superar ese marco estatutario estrecho para las necesidades de Cataluña. Y es que eso está en el gen del nacionalismo. Si no lo hicieran estarían traicionando sus ideales. Por eso, los nacionalistas siempre tienen claro a dónde van y, si no lo tienen claro, entonces toca dudar de que realmente lo sean.
Sería muy conveniente que todos tuviéramos muy claro que los nacionalismos tienen en su objetivo final la independencia. Es legítimo que lo quieran, podremos discutir las razones que les mueven a ello, rebatirlas, discutirlo, pero su fin es ese y o lo tenemos claro o estaremos en un continuo espejismo de soluciones transitorias.
Por eso a veces no hay mejor diálogo que los monólogos de hoy. Porque cualquier reacción que no sea la que ha tenido Zapatero es un paso más hacia el siguiente no hacia la solución. Qué eterno y cansino problema pienso yo y los nacionalistas me imagino que pensarán lo mismo. Y no son estos los únicos nacionalismos que me hastían.
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