Estoy haciendo un auténtico esfuerzo para encontrarme mal, pero no acabo de dar con razones que lo justifiquen, más allá unas ciertas molestias lumbares. De hecho, ayer fui a darme un masaje y ya me advirtieron de que tenía esa zona bastante cargada. El masaje me dejó muy bien, pero esta mañana de nuevo aparecen las ligeras molestias. De ahí mi preocupación por el tema del colchón, que yo creo que ya ha cumplido su ciclo de vida y empieza a no ser el lugar más adecuado para el descanso. Probaré en el de Portland del anterior post. También es cierto que me quedan restos del trancazo, pero desde que el jueves fui a mi otorrino la cosa ha mejorado mucho: toso menos, la ronquera casi ha desaparecido y el dolor en la zona de la laringe casi no lo noto.
Ninguno de los dos motivos que me permitirían decir que no estoy del todo bien me sirven. Y es que yo quiero poder echar la culpa al cambio horario de algo: de una fotofobia matinal repentina, de un desequilibrio en el sueño, de una pesadilla o un sueño erótico, de inestabilidad emocional, pero no encuentro nada de nada. A lo único que espero es al partido del Real Madrid, no vaya a ser que perdamos con el Depor y, entonces, tengamos que tirar del cambio horario para encontrar una justificación. Por si acaso, ya lo tengo previsto para el nuevo hip hop de Bernardo que tengo que hacer esta tarde para elmundo.es.
Antes cambiábamos de hora y no pasaba nada. Nos dividíamos entre los que creíamos que de verdad sirve para ahorrar y los que piensan que no y ya está. Ahora no, ahora todo es mucho más sutil y complejo. Con el cambio horario sucede como con las alergias, las rebajas, las compras de Navidad, la llegada del calor… los medios de comunicación no hacen (o hacemos, que yo forma parte de ellos) más que repetir los mismos contenidos año tras año. En Navidad comprar con antelación, en rebajas llevar una lista con lo necesario, beber agua en verano… es decir, le dedicamos un espacio a lo que podríamos llamar la parte cíclica de la actualidad, aquellos temas a los que un año sí y al otro también les dedicamos atención como si nunca se hubiera tratado de ellos.
Pues bien, desde hace algún tiempo el cambio horario y sus efectos sobre las personas (y a veces hasta sobre los animales, como si miraran la hora) se han convertido en uno de esos temas. Y yo todos los años intentando encontrar los síntomas que debería producirme adelantar o retrasar el reloj, pero nada de nada. Uno de los primeros recursos es el de las encuestas y los reportajes micrófono en mano. Se me altera el sueño, me cuesta levantarme por las mañanas, estoy cansado… son las típicas respuestas. Resulta que la semana anterior al cambio horario ¿nadie se quejaba de que dormía mal, le costaba levantarse o estaba cansado? Porque esas afirmaciones las oigo yo un día sí y otro también ante cualquier máquina de café, o en cualquier conversación de colegas y amigos. Pues no, resulta que nuestra vida era totalmente placentera hasta que han cambiado la hora. Qué horror, qué tortura.
Lo siguiente es lo de los especialistas. Yo les entiendo a los especialistas. Si no fuera por cosas como esta del cambio horario no podrían tener el momento de gloria de aparecer en las radios o en las cadenas de televisión para fardar delante de amigos y colegas de la profesión. Ya se sabe que la gente, con tal de salir en la tele, a veces no piensa en el precio que pagan. Ese que va a reconocer que es cornudo, que fue el último en enterarse y que cuando encontró a su mujer en la cama con su mejor amigo pensó que menos mal que estaba ahí su amigo en pelotas, que él creía que su mujer se la estaba montando con alguien, pero para eso están los grandes amigos, para ayudar a impedirlo. Bueno, queda como un idiota ante medio mundo, pero el tío contento, llamando a todos los que conoce para decirles oye, que hoy salgo en la tele.
Pues yo pienso que con los especialistas a veces pasa lo mismo. Con tal de salir, da lo mismo repetir obviedades o hasta alguna que otra memez. Así hoy leo que un psicólogo afirma que el cambio horario “puede crear en algunos casos un desorden biológico muy peligroso para la salud llamado desorden afectivo estacional”, “el desorden afectivo estacional es producido por el bajo estado anímico del afectado al convivir con una baja exposición a la luz natural”, “llega esta fecha maldita para la mayoría de ciudadanos, ya que ven como al salir de sus trabajos la noche ha invadido las calles y además deben de cambiar algunos hábitos que eran más propios del verano”. ¿Baja exposición a la luz natural? ¿Qué pasa que hoy hay menos horas de luz que ayer? Es verdad que las horas de luz se van acortando, pero no por el cambio horario. Y la exposición a la luz es exactamente la misma: antes te levantabas de noche, ahora hay luz, el sol ilumina las horas que le toca iluminar y luego se va la luz. Pero cambiar de hora no es apagar el sol a voluntad, como si se hiciera con un interruptor. El astro rey pasa de nosotros, aunque en la foto que ilustra este post lo veo un poco raro, la verdad, auqnue no sé si será por el cambio horario. ¿Y cambiar hábitos del verano? Pues claro, te tienes que abrigar más, no puedes tomar el sol en top-less, no conviene cenar en una terraza a 8 grados… Siento que el tipo sea psicólogo, porque yo tengo un gran aprecio por la profesión.
En fin, que no niego que alguien en un equilibrio personal muy frágil pueda verse alterado por unos minutitos antes o unos minutitos después. Pero, hombre, hacer de esto todos los años noticia en portada de radios, televisiones y periódicos, me parece una auténtica pasada.
Aunque reconozco que a mi me afectó una vez: fui al fútbol una hora antes (no había cambiado el reloj) y me tocó esperar 60 minutos. Ese día sí pensé a quién cojo… se le ocurrió esto del cambio horario.



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