Pertenezco a una generación que empezó a beber en la adolescencia. Recuerdo aún mi primera borrachera en Barcelona, un día en que unas cuantas botellas de vino me demostraron los efectos que pueden tener en una persona desprevenida. Mi amigo Eduardo, ahora juez, cayó igual que yo, sólo que él vivía más lejos y el regreso a casa le costó un poquito más. No dejamos de beber y siempre que salíamos las cervezas y los gin tonics formaban parte de nuestro ceremonial.
A partir de entonces, pocas veces me emborraché, ya que el panorama de una resaca me parecía tan desagradable que prefería pisar antes el freno y llegar a casa en condiciones aceptables. Casi todos éramos así, aguantábamos bastante y cuando nos daban las cuatro o las cinco de la mañana todavía estábamos presentables. Sólo mi amigo Ramón, que se incorporó al grupo más tarde, solía acabar peor, pero tenía una bebida más bien tranquila.
Nosotros nos divertíamos y bebíamos. Parece que hoy las cosas han cambiado y que empieza a ser común beber para divertirse. Es decir, que el primer objetivo es coger el punto y, sin ello, la diversión no se les aparece. Si no bebo, si no altero mis percepciones gracias al alcohol, no me divierto. Eso, que hasta la fecha no era más que una impresión personal, esa tendencia de beber en España como si fuéramos hooligans ingleses parece confirmarse por los estudios que se están haciendo.
Algo le pasa a la gente que funciona así, algo no bueno y que plantea serios problemas para ellos y para los demás. No se trata de acabar enganchado en el alcoholismo, que también, no es cuestión de los riesgos para la salud física, que también, sino que hay un desequilibrio personal importante en quien es incapaz de afrontar una noche de diversión sin colocarse antes y, en muchas ocasiones, no sólo con alcohol. Aparte de ese problema, esas sobredosis de bebida que hace que al poco de salir muchos chavales anden ya descontrolados, genera unos problemas de violencia en nuestras calles y discotecas que, según me cuentan algunos chavales, van a más, hasta al punto de convertirse el salir a divertirse en una actividad de riesgo.
Tenemos el problema, pero no sé si tenemos las soluciones. El riesgo de caer en un cierto grado de alcoholismo seguramente lo teníamos tanto nosotros como ellos, pero como decía, no se trata sólo de eso. Nuestro leguaje, el de los que ya hemos pasado por esa edad, da la impresión de que no les llega. Todos en nuestra adolescencia hemos pensado que nada podía pasarnos y, en nuestro entorno, todos también hemos encontrado gente que se dio cuenta demasiado tarde de que eso era falso. Pero algo hay que inventar para hacerles entender que, por lo menos, deberían recuperar esa forma mediterránea de aproximación a la bebida, que, aunque tampoco es sana, por lo menos les va a permitir disfrutar más de la vida. Porque entre el estado de semiinconsciencia que consiguen y la recuperación, no hacen más que tirar horas de vida a la basura. Y en el fondo son tan pocas… Ya, si dejaran de beber… pero es que yo sigo con la cerveza y el vino. (Foto de 20minutos)



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