
Esta fotografía ilustra hoy en muchos periódicos la última llegada de un cayuco a Canarias. En esta ocasión han sido ochenta las personas que iban en él y una de ellas perdió la vida en su intento por conquistar una vida mejor. Y a este cayuco le seguirán muchos más. Leyendo la noticia he recordado que hace unos meses escribí un artículo que nunca vio la luz. Hoy lo recupero para los lectores de este blog.
Los flujos migratorios a los que el mundo se enfrenta en la actualidad superan con creces todas las previsiones que hemos ido improvisando a medida que se producían. Esos movimientos de seres humanos están directamente relacionados con la brecha creciente de riqueza (o de pobreza, que es la otra forma de verlo) que existe ente el mundo desarrollado al que pertenecemos y una gran cantidad de países que viven en una situación de miseria que nos cuesta hasta imaginar. Y todo ello a pesar de la gran cantidad de recursos que se han dedicado a la ayuda al desarrollo en las últimas décadas.
Muy probablemente, esos recursos sean claramente insuficientes, pero esa realidad objetiva no debe ocultarnos uno de los principales problemas de estas ayudas: la forma en que son utilizadas. Son numerosísimas las voces que alertan sobre el hecho de que una gran cantidad del dinero destinado a la ayuda al tercer mundo acaba con demasiada frecuencia en las cuentas corrientes que dirigentes de esos países tienen en los bancos del primer mundo. Un siniestro viaje de ida y vuelta que provoca la paradoja según la cual el dinero de las clases medias del mundo desarrollado acaba contribuyendo a aumentar el patrimonio de los ricos riquísimos del mundo pobre, sin que esos recursos lleguen a los destinatarios de la ayuda. Por tanto, resulta urgente pensar en métodos alternativos para que los fondos sean eficaces y para evitar que estos ladrones de altruismo tengan más difícil rascar bola en el futuro. En definitiva, gastamos mucho en una ayuda que, en una parte importante, se pierde en el camino.
Otro de los flujos importantes de la ayuda al desarrollo es el que se canaliza a través de las ONG’s, las cuales ofrecen balances muy desiguales dependiendo de la forma en que trabajen. Es evidente que, en una gran mayoría de los casos, podríamos decir que la labor de las ONG’s tiene un carácter paliativo, ayudan a solucionar problemas concretos en momentos concretos, pero difícilmente acaban convirtiéndose en un motor para el desarrollo. La buena voluntad, la filantropía sin más es loable pero no siempre práctica. El carácter temporal de muchas de sus actuaciones hacen que, una vez desarrollado el proyecto, la población ayudada o se quede como estaba o acabe disponiendo de alguna infraestructura que mejore en algo su calidad de vida, sin que ello les abra una nueva perspectiva para dar un salto cualitativo importante que les permita salir de la pobreza. Por decirlo de forma descarnada: el niño al que salvamos de la muerte se enfrenta a una condena de pobreza y, en muchas ocasiones, es posible que hasta se reencuentre con esa muerte en un viaje migratorio al paraíso soñado de los países desarrollados.
Esta frase intencionadamente escandalosa me permite pasar de la ineficaz ayuda al desarrollo al fenómeno de la emigración desde la pobreza a las sociedades opulentas, el cual está marcando los primeros años del siglo XXI. Quiero apuntar algo que me parece importante en estas migraciones: casi todos los conocedores del tema afirman que del tercer mundo se están yendo los mejores, los más preparados, aquellos en quienes las familias confían para abrirse un futuro en los países de destino. De esa forma, lo que llamamos capital humano se está empobreciendo en esos países de origen con lo que, si las perspectivas de desarrollo en esas sociedades son ya escasas, con la marcha de quienes más potencial tienen, esas perspectivas prácticamente desaparecen, lo que ensombrece todavía más el panorama.
Después de escuchar a muchas personas hablar sobre estos temas, he llegado a la conclusión de que hay dos cuestiones a las que debemos prestar especial atención. La primera de ellas es la necesidad de involucrar a los nativos de esos países en los proyectos de desarrollo. Sólo cuando los miembros de una comunidad se sienten partícipes de los proyectos es cuando estamos ante una actividad cargada de futuro. En segundo lugar, desde hace tiempo se viene comprobando la eficacia de los microcréditos en la generación de actividad económica en algunos países subdesarrollados e incluso entre los inmigrantes que han venido a buscarse la vida en los países ricos. El impulso inicial de esos microcrédios y la certeza de que su actividad revertirá en ellos mismos, en los protagonistas de la iniciativa, puede que esté en la base de su éxito.
Por recapitular antes de seguir con la propuesta que quiere ser este artículo, nos encontramos con que la ayuda oficial al desarrollo es poco eficaz y abona prácticas no deseables. Las ONG’s tienen un papel básicamente paliativo, con lo que no acaban de generar un impulso de desarrollo, al tiempo que la emigración está descapitalizando a los países pobres, por cuanto de ellos se van los mejor preparados. Frente a este oscuro horizonte dos pequeñas luces nos hacen concebir esperanzas: la filosofía de los microcréditos y el factor de éxito que supone la implicación de la población local en los proyectos.
Esas dos luces son las que deben iluminar nuevos caminos como alternativa a lo que venimos haciendo hasta ahora. Quien emigra, así fue con los españoles y así nos lo cuentan muchos de quienes han venido a España, siempre sueña con volver. Tal vez de lo que se trate no sea de repatriar para evitar efectos llamada, sino de incentivar el regreso de quienes han venido (no olvidemos, los mejores de cada familia) para convertirlos en motor de desarrollo de sus países. Se trataría de buscar vías imaginativas para dar formación en los países de acogida, diseñar proyectos acorde con los lugares de donde provienen y financiarles personalmente para que puedan desarrollarlos con un mínimo colchón que favorezca su éxito . Formar, recuperar la filosofía de los microcréditos, pero asumiendo los costes de la ayuda al desarrollo y favorecer un retorno productivos que cree riqueza en los países de orígen.
Se trata de ayudar a las personas y no sólo a las instituciones. Tal vez esto sea una ensoñación, pero están tan mal las cosas que merece la pena arriesgar en apuestas de este tipo. Lo peor que nos puede pasar es, tan sólo, quedarnos como estamos.
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