Archivos para 21/12/07

21
Dic

El calentón del hielo

Después del proceso de “canonización” que hemos vivido todos en los últimos días y una vez nos hemos cercionado de que somos unos santos que aguantamos los cánones que nos echen encima, para enfriar el ambiente después del calentón vuelvo a mis añorados paisajes del hielo. Hace ahora un mes, en El calor del hielo, os comenté algunas de las sensaciones que he vivido contemplando los glaciares. En algún comentario, se mencionó la belleza de algunos de los otros glaciares que se pueden visitar, además del Perito Moreno, en el Parque Nacional Los Glaciares.

El Perito Moreno ofrece una oportunidad única: observarlo desde unas pasarelas situadas enfrente del mismo a escasos trescientos metros, lo que permite una contemplación serena, sosegada, larga… el Perito Moreno se puede disfrutar con un tempo delicioso, con el tiempo parado, la mirada sosegada y con espacio para aposentar las sensaciones.

Hoy os traigo otro glaciar, el Spegazzini. Al glaciar Spegazzini se aproxima uno tras una navegación entre témpanos por el brazo norte del Lago Argentino (dejo para otro día los témpanos que merecen también un capítulo especial). En el camino vas disfrutando de esas inmensas porciones de hielo a la deriva, que compiten en la belleza de sus formas y en los distintos matices del azul que nos regalan a la vista. A lo lejos habremos divisado el gigantón del glaciar Upsala, al que no pudimos aproximarnos porque su guardia pretoriana de témpanos hacía imposible la navegación hacia él. Luego, después de seguir navegando y de contemplar algunos glaciares en retroceso, cuya lengua ya no llega al lago, de repente te enfrentas al magno espectáculo del Spegazzini.

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La primera impresión es fuerte. Se trata de un frente no demasiado ancho, con la mancha parda que crea su morrena central como consecuencia de la unión de dos lenguas distintas que confluyen. Pero lo que impresiona es la altura de esas paredes. Ese frente de hielo que veis en la fotografía llega a alcanzar más de 100 metros de altura. Cuando el barco se aproxima un poco más y cambia un poco el ángulo de visión descubres una cascada hielo fascinante, un dramático descenso helado en busca del lago, un brutal impacto visual.

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El corazón altera su ritmo, la respiración se acelera y la excitación que te produce esa mejestuosa caída del hielo te permite remontarte por encima del frío intenso de esa mañana nublada. Vas pasando de la impresión de la altura de la pared al dramatismo del descenso vertiginoso del hielo, intentando dejar para siempre esas imágenes en tu recuerdo.

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Y vuelve a moverse la embarcación y descubres nuevas perspectivas… y el azul, siempre ese azul impregnándolo todo, más uniforme ahora que las nubes no dejan pasar los rayos del sol, pero no por uniforme menos fascinante. Y el contraste entre el hielo y la tierra a la que se agarra, a la que también desgarra en su lucha constante por buscar una salida.

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Así recuerdo el glaciar Spregazzini. Una experiencia de intensidad fuerte, de vivencias rápidas, de aprehensión a contrarreloj. El polo opuesto al disfrute del Perito Moreno, un aquí te pillo aquí te mato glaciar, el calentón del hielo.

Por conservar todo esto sí que deberíamos pagar mil canons.