Uno de los pequeños dramas de nuestra democracia es el papel que juegan nuestros dos últimos presidentes una vez abandonado el gobierno. Ninguno de los dos ha sabido digerir la forma en que salieron del mismo, creen ser víctimas de una injusticia en la valoración de sus personas y eso hace que pasen los años pero sigan supurando por esa herida.
Los dos ex presidentes, Felipe González y José María Aznar, comparten síndrome y con su incapacidad para vencerlo le hacen un triste favor al país. A mi no me cabe duda de que sus períodos de gobierno fueron importantes para el desarrollo de España. El salto que ha dado nuestro país en las dos últimas décadas es indudable y en eso tuvieron su cuota positiva de responsabilidad. Los dos, asimismo, tuvieron el tremendo error de no saber salir del gobierno. Felipe González manchó sus años de gestión con su falta de decisión para hacer frente a la corrupción que empezó a aflorar en los últimos años de su gobierno y con su incapacidad para entender el mensaje que los ciudadanos le enviaron en las elecciones del 93 (a las que tal vez no debería haberse presentado), por mucho que él dijera haberlo entendido. Aznar, por su parte, que podría haber tenido una salida más que digna con la limitación a ocho años de su mandato (y dejando a su partido en el gobierno, como él creía), pero se enfangó de una manera lastimosa, primero desoyendo también a la ciudadanía en lo relativo a la guerra de Irak y luego con una gestión penosa del shock del atentado del 11-M. Los dos pudieron pasar a la historia como dos estadistas que habían contribuido a que España diera un gran salto en la historia en tan sólo unos pocos años, pero por sus respectivas torpezas, por su alejamiento del terreno que pisan los ciudadanos de a pie, uno acabó siendo el presidente de la corrupción y otro el de la mentira. ¿Injusto? Puede que sí, pero merecido también.
El problema de esas marchas a trompicones es el mal sabor de boca que les ha dejado a ambos, lo que hace que nuestros ex presidentes, lejos de ser unas figuras con una autoridad moral indiscutible que pudieran aportar cordura en el debate político, se conviertan en unos personajes que destilan un poso de amargura que hace aflorar lo peor de ambos en sus intervenciones públicas.La intervención de Felipe González ayer en Málaga es un triste ejemplo de cómo perder la compostura alguien que debería ser un referente en la vida española. Aznar, por su parte, sigue erre que erre, con un gesto que hasta da miedo verle y con el monotema del terrorismo.
Para entrar así en campaña, sinceramente, mejor que se queden en casa. Que ya tenemos bastante con aguantar la campañita que llevamos como para soportar sus lindezas.
P.D. Siento actualizar poco en los últimos días, pero es que estoy metido en un nuevo proyecto que me está quitando bastante tiempo, pero que espero compartir con vosotros dentro de muy poco. Ya os contaré.






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