Llevo sin escribir unos cuantos días. Es verdad que estoy un poquito más liado, porque he empezado con las grabaciones de un nuevo programa de televisión que se estrenará, si nada cambia (que en esto de la tele nunca se sabe), a finales de agosto. Es verdad también que me han pedido un artículo sobre la alimentación y el humor al que todavía no sé muy bien cómo meterle el diente y también que estoy liado viendo tiendas de todo tipo para la casa que estoy construyendo en el campo.
Pero por mucho que sumemos todos esos factores, yo creo que esa no es la razón por la que llevo tantos días sin subir un post. Ideas sobre lo que escribir las he tenido casi todos los días, pero había algo que me impedía ponerme delante de la pantalla y empezar a aporrear el teclado. Después de pensar un poco sobre las causas de mi apatía bloguera, he llegado a la conclusión de que la culpa de todo esto la tiene calor, el insoportable calor que ha hecho estos últimos días.
Odio el calor, tanto el calor seco madrileño (que te hace sentir cuando sales a la calle lan sensación que debe tener el pollo cuando lo metes el el horno), como el calor húmedo de mi Barcelona natal que te convierte en hombre-fuente y sorprendido por la cantidad de liquido que puedes llegar a soltar a través de tus poros. Lo odio, no lo soporto. El miércoles pasado, notaba cómo el aire me quemaba la piel cuando iba en mi moto, rodeado del calor ambiental, del que sueltan los coches y achicharrándome la sesera con el imprescindible casco protector. Pero cuando llegas a casa, la sensación que inicialmente es agradable se torna de nuevo insoportable a los pocos minutos y, cuando te sientas delante del ordenador, compruebas nuevamente tu faceta de manantial, cómo se te pega la piel a la idem de la silla y cómo tus ideas que quieren dirigirse hacia otros temas acaban inexorablemente en un grito sordo de odio al calor. Y entonces, te levantas y te vas.
Igual soy más raro de lo que creo. Porque mi odio al calor se convierte en amistad con el frío. Me gusta el frío del invierno, me gustan los días de lluvia (excepto para la moto) y su capacidad para dar profundidad a todos los colores, me cautiva la nieve y disfruto comprobando las formas de los copos, adoro las tormentas con su espectáculo eléctrico y el olor que dejan a su paso, me fascina la niebla y la forma en que filtra los paisajes, pero no encuentro nada positivo al calor. Que no dudo que lo tenga, pero yo no se lo encuentro.
Ya sé que puedo solucionar las cosas con el aire acondicionado, pero cuando soy yo el que tiene que darle al “on” y especialmente en esta zona de la casa en la que hay un aparato de bastante potencia, pues me lo pienso dos veces, que si qué necesidad de despilfarrar energía, que si hace calor pues me aguanto, que si el aire acondicionado tampoco es muy sano… y muchas veces no lo pongo (el miércoles sí, un poquito, pero no lo suficiente para ponerme a escribir). Así que, seguidores de este blog, perdón por la falta de lectura en esta semana, pero ya sabéis que no soy más que una víctima de unas temperaturas que no están hechas para mi. Y yo que estuve a punto de irme al invierno argentino este verano… Os dejo esa imagen desde el Cerro Catedral con un mar de nubes que impide ver el lago Nahuel Huapi, en San Carlos de Bariloche, mi añorado Bariloche.








Comentarios recientes