Archivos para 9 octubre 2008



09
oct
08

El exceso de información

En este mundo que nos ha tocado vivir ya no sé qué es peor, si la falta de información o el exceso de la misma. Durante mucho tiempo nos dijeron aquello de que la información es poder, pero adaptado a los tiempos que corren deberíamos decir que la información que se puede asimilar es poder, el resto puede acabar siendo ruido.

En esta crisis de confianza que vivimos (desconfianza en los bancos, desconfianza en los gobiernos, desconfianza en la situación económica, desconfianza en las soluciones, desconfianza en el futuro…) empiezo a pensar que uno de los problemas que tenemos es precisamente ese, el del exceso de información. Cada día nos llueven noticias que tienen que ver con la situación de instituciones financieras, las que quiebran, las que necesitan ayuda, las que compran a otras… noticias de lo que hacen los gobiernos con sus planes de rescate, compras de activos tóxicos, compras de activos buenos, garantías de depósitos, nacionalizaciones parciales… noticias de lo que hacen los bancos centrales inyectando liquidez hoy sí y pasado mañana también, rebajando tipos… noticias de previsiones del FMI sobre la economía española, sobre el peligro de recesión mundial, sobre el crecimiento en un horizonte en torno a 2010… noticias sobre empresas que despiden empleados, que disminuyen o aumentan (estas las menos) sus beneficios… noticias sobre la coyuntura económica con la confianza del consumidor, los datos nada buenos del PIB y el empleo, la evolución de la inflación, las ventas de coches y viviendas que no paran de bajar… noticias sobre los mercados bursátiles que bajan en una y otra plaza, que parece que rebotan, que vuelven a caer, que se hunden en Asia, que bajan menos en Europa, que al rato se hunde Europa, que luego el Dow Jones… noticias de declaraciones de ministros de economía, presidentes, responsables del tesoro, funcionarios europeos, analistas financieros… es tal el aluvión de información que se nos viene encima que estamos ante un imparable tsunami informativo que acaba abrumándonos y haciéndonos sentir cada vez más pequeñitos y más asustados. Y, cuando parece que nos recuperamos, llega el tsunami del día siguiente.

Nos acojona ya lo que pasa en Islandia, la situación de un banco que nunca supimos que existía que se llama Hypo, no sabemos si de hipopótamo o de ataque de hipo, unos hermanos llamados Lehman que deben ser peor que los hermanos Malasombra, un aseguradora que se llama AIG que no es capaz ni de asegurarse su futuro, nos hemos aprendido el nombre de Trichet… vivimos en un mar de nombres de mal fario, datos angustiosos, noticias deprimentes y, por mucho que nos pongamos el flotador de quienes llaman a la tranquilidad, nos acabamos hundiendo con la sensación de que va a ser muy difícil volver a flote. Y la espiral crece y crece y crece, no sólo para nosotros, sino para los responsables políticos y económicos, a los que les pasan las noticias por al lado como si fueran bólidos de fórmula 1, sin tiempo ni para ver las pegatinas y al grito de “habrá que hacer algo” se ponen a parir planes que se suman a la ola del tsunami y la hacen crecer. Y lo mismo con los actores financieros que no se fían ni de su padre. Y yo ya no entiendo nada y veo cómo las cuatro acciones que tengo cada día valen menos y que un fondillo de inversión ya no sé ni lo que vale, y como yo millones de pequeños ahorradores en medio mundo, y mientras unos, en medio del aturdimiento, no hacemos nada, otros venden y venden, aunque sea a precio de saldo y los mercados bajan más y, como el miedo cunde, se espera que los beneficios de las empresas sean menores y vende por si acaso es verdad, que es mejor coger el dinero y correr y yo, que no hago nada, pensando si seré bobo, pero bobo de verdad.

Así que puestos incluso en la hipótesis del desastre, empiezo a pensar que la mejor forma de empezar a solucionar esto sería un pacto de silencio. Que durante dos meses o el tiempo que fuera dejaran los medios de utilizar sus titulares con hundimientos, colapsos, caídas históricas, niveles más bajos, quiebras, desplomes, etc. etc., que dejaran de presentarnos nuestros gobernantes treinta planes diarios de salvación que parece que no salvan nada, que nos dejaran de insuflar ánimos, que dejáramos de hablar de todo esto y que sea lo que tenga que ser. No digo que se deje de actuar, no, dijo que se deje de hablar. Porque tengo la impresión de que, en el peor de los casos, el escenario final sería el mismo, pero todos viviríamos con macha más tranquilidad y, si así fuera, seguramente el escenario final sería mejor. 

Que conste que ahora me refiero al tema de la crisis, pero este mismo análisis lo deberíamos realizar en muchos otros campos. Así, a bote pronto, se me ocurre la angustia que se autogenera quien se ve una peca, acude a internet en busca de información y acaba creyendo que tiene un cáncer. Os propongo que, entre todos, reflexionemos sobre este tema del exceso de información y de cómo una asignatura fundamental de los programas educativos debería ser cómo enfrentarse a este hecho y dotarnos de criterios que nos permitan navegar en esa marejada.

08
oct
08

El efecto boomerang

La contemplación de lo que sucede en los mercados financieros empieza a dejarnos pasmados. Un plan de rescate por allí, una intervención por allá, un inyección de liquidez acullá, bajada de tipos, acciones coordinadas de bancos centrales, aseguramiento de depósitos por gobiernos de varios países… Día tras día nos encontramos con nuevas medidas y día tras día los mercados parecen ser incapaces de recuperarse del estupor.

 

Empieza a dar la sensación de que tanta intervención igual está consiguiendo lo contrario de lo que pretende. Así, mientras políticos y autoridades monetarias hacen cabriolas para generar confianza, parece que los actores de los mercados y hasta muchos ciudadanos empiezan a pensar: si hacen todo esto, la situación debe ser peor de lo que pintaban y la confianza, por tanto, se resiente. Una suerte de efecto boomerang.

 

Da la impresión, bueno, no da la impresión, sino que existe la certeza de que se está actuando sin planificación, al albur de los acontecimientos. Hoy anuncio una medida y, como la cosa no se frena, me invento otra al día siguiente, lo cual nos está llevando a una espiral en la que uno empieza a preguntarse si tienen sentido algunas de las costosas medidas que se están tomando.

 

Mi impresión es que hay muchos que siguen creyendo que todavía no está clara la dimensión de la crisis financiera y que no se tranquilizarán hasta que llevemos un trimestre sin nuevas quiebras de instituciones financieras. Pero es difícil que eso suceda si el miedo sigue siendo el principal factor de decisión.

 

Por otra parte, al tiempo que los gobiernos intervienen, echa uno de menos alguna intervención moralizadora. El otro día vi que comparecía en el Congreso norteamericano Richard Fuld, ex presidente de Lehman Brothers (uno de los bancos que desencadenó el pánico), quien afirmó solemnemente asumir toda la responsabilidad de sus decisiones. Después de decir eso, le dijeron que en los últimos siete años el había ganado ¡500 millones de $! Y le preguntaron si eso le parecía justo. Su respuesta fue el silencio. Algo más que el abochornamiento público debería sufrir este individuo. Como mínimo debería responder con todo su patrimonio por lo que ha hecho y hasta pasarse una temporadita en la cárcel. Igual la legislación no lo contempla, pero si un conductor puede ser castigado por conducción temeraria que pone en riesgo la vide de las personas, un sujeto como éste podría ser perseguido por conducción temeraria de una institución financiera que pone en riesgo la calidad de vida de millones de personas y sus ahorros. Pero no, es posible que se pase lo que le queda de visa disfrutando de su patrimonio mientras millones de personas engrosan las listas del paro tras esta crisis inicialmente financiera que es ya una crisis en toda regla de la economía real.  

06
oct
08

El parking de los principios

Leo que el gobierno de España se está planteando hacer aflorar el dinero negro que hay en España. Según se afirma en la noticia, la idea es que los billetes de 500 euros que en nuestro país abundan más que en ningún sitio, salten de estar debajo del ladrillo a habitar en las entidades financieras, de tal forma que los miles de millones que parece que andan ocultos supongan una inyección de liquidez para las entidades financieras y, por ende, para nuestra economía.

 

Parece ser que la propuesta no encuentra unanimidad en el seno del gobierno, por cuanto para lograr que eso suceda se necesita un incentivo para que los billetes de 500 pasen del negro al blanco, una manita de pintura que pasa por cuestiones fiscales para mover un dinero que, precisamente, lo que ha querido (bueno, sus propietarios, no el dinero) ha sido evitar la fiscalidad.

 

En este tiempo de grandes turbulencias, parece que hay quien cree que determinados principios pueden aparcarse (hasta el funcionamiento libre del mercado según el presidente de la patronal) con tal de capear el temporal. En primer lugar, dudo de que los incentivos fiscales (a no ser que se trate de una amnistía fiscal) hagan aflorar ese dinero (algunos concejales de urbanismo incluidos). En segundo lugar, no creo que sólo el sector inmobiliario sea quien haya generado esas sumas, sino que gran parte de esos billetes deben moverse en el entorno delictivo del narcotráfico y sectores afines, y dudo mucho que los delincuentes apuesten por este sistema de blanqueo que tantas pistas sobre ellos podría dar. Pero al margen de todo ello, el mensaje que se estaría transmitiendo desde los poderes públicos a la sociedad sería realmente desmoralizador. Es decir, en virtud de un parche a la situación actual estaríamos aceptando que quienes han estado engañando al fisco, exigiendo pagos en dinero B para vender una propiedad y evitando ingresar en la caja común lo que les correspondía, puedan solventar la situación y legalizar su dinero con un coste mínimo. Si esto afectara a los ciudadanos normales y corrientes (quien más quien menos ha escriturado una compraventa por debajo de su valor), pues oye, la cosa no sería tan grave, pero no sé porqué sospecho que esos miles de millones no andan repartidos entre toda la población, sino que deben estar concentrados en unos cuantos menos.

 

Yo casi prefiero que los principios sigan circulando.

   

02
oct
08

Los palos de ciego

Los nuevos datos de paro conocidos hoy confirman los peores temores y la dimensión de la crisis que estamos viviendo en España. Los representantes del gobierno se hartan de decirnos que estamos mejor preparados que otros países de Europa para afrontar la situación, pero lo cierto es que el indicador más dramático, por cuanto afecta a la vida de muchísimas familias, que es el del paro, nos sitúa ya a la cabeza de la Europa comunitaria. Somos los que tenemos mayor porcentaje de paro (nos sigue Eslovaquia) y no parece que la tendencia vaya a cambiar. 

Nuestros políticos se pasan horas y horas los unos acusando al gobierno de no estar haciendo nada frente a la crisis y los otros explicando por qué ellos no tienen responsabilidad alguna en lo que está pasando. Durante unos meses se pasaron echando la culpa de nuestra situación a una maldita conjunción de crisis financiera y altos precios del petróleo, pero lo cierto es que una vez se han moderado estos últimos de forma más que significativa, no hemos visto mejora alguna más allá de unas decimillas en las cifras de la inflación. Pero lo malo es que sigue esta tendencia casi patológica a intentar encontrar fuera de nuestras fronteras la explicación a lo que pasa para eludir responsabilidades. Aquí no se trata de encontrar culpables, sino de diagnosticar bien lo que nos sucede, porque sin duda tenemos síntomas de una enfermedad internacional, en algunos casos (como el sistema financiero) incluso estamos mejor, pero no cabe duda de que hay elementos de esta crisis que son endógenos y que se deben a las características de nuestro crecimiento en los últimos años.

Hemos crecido mucho en los últimos tiempos, es verdad, pero ¿lo hemos hecho de forma armónica? ¿Ha respondido el crecimiento de nuestra renta per capita a una evolución en sintonía de la economía real o parte de ese crecimiento se ha debido a comportamientos especulativos? Mirémonos y digámonos si en verdad se ha enriquecido tanto el país, qué parte de nuestra riqueza tiene cimientos sólidos, cuánto le debemos a los fondos europeos que nos hemos hartado de recibir y cuyo flujo ya se está cortando. Preguntémonos estas y muchas otras cosas para dibujar un panorama real de quienes somos para no seguir equivocando el diagnóstico.

Y digo lo del diagnóstico porque hoy he vuelto a escuchar a la vicepresidenta reiterar el argumento de la responsabilidad del sector de la construcción en lo que estamos viviendo con el paro. Es verdad que ha sido el primer sector en sufrir el frenazo, pero un vistazo simple a las cifras de hoy demuestran que otros sectores, en especial el de servicios, se apuntan con fuerza al crecimiento del paro. Esta no es la crisis de la burbuja inmobiliaria, que también, es una crisis más profunda del modelo económico en su conjunto, de unos años felices años en los que nos creíamos una situación que en parte era un espejismo. 

Si nos seguimos empeñando en echar la culpa de lo que nos pasa a las hipotecas subprime, al precio del petróleo y al sector de la construcción, si no vemos más allá de nuestras narices, seguiremos equivocando el diagnóstico y seguiremos trabajando en parches. Necesitamos una profunda discusión social de qué es lo que queremos ser como país, de hacia dónde queremos encaminar nuestros esfuerzos. Queremos seguir siendo un país turístico con el modelo actual o queremos cambiarlo, nos contentamos configurándonos como el asilo residencial de Europa o no nos convence, pensamos que en cuanto escampe debemos volver a enladrillar España o apostamos por otra cosa, facilitamos el camino a los emprendedores o les seguimos exigiendo heroísmo para salir adelante, estudiamos en qué sectores podemos tener ventaja competitiva y los apoyamos con fuerza o dejamos que sea lo que Dios quiera. Nuestro modelo ha encallado y, o nos ponemos a trabajar colectivamente en lo que queremos ser, o daremos muchos palos de ciego. Y lo malo es que llevamos ya un tiempecito dándolos. A ver s lo que pasa es damos esos palos porque no somos capaces de ver la realidad.

01
oct
08

La importancia de decir no… y de mantenerlo

 

La memoria de la Fiscalía General del Estado refleja este año un incremento sustancial de algo que hace unos años nos hubiera parecido inimaginable: las agresiones de hijos a sus padres e incluso a los abuelos. Este es, sin duda, un síntoma de que algo estamos haciendo muy mal como sociedad y un motivo de reflexión profundo para muchos padres cuyos hijos son todavía pequeños pero que apuntan ya maneras preocupantes.

 

Esa violencia hacia los padres, que se manifiesta de forma especialmente dura en la adolescencia, es un fracaso brutal de la convivencia familiar y del proceso educativo, así como la manifestación de un preocupante desequilibrio psíquico del chico o chica que agrede, quien no cabe duda de que ha edificado su personalidad sobre unos cimientos quebradizos además de tristísmos.

 

A una situación como esa no se llega de repente, sino que es el fruto de una educación mal enfocada por la familia en un entorno social que, si bien es cierto que cada día es más complejo, debe ser balanceado en el núcleo familiar. Creo que muchos de nosotros, en nuestro entorno cercano, conoceremos algún caso del que no nos extrañaría que derivara en algo parecido a la situación a la que hace referencia la fiscalía, por cuanto son muchos los padres que hoy practican la educación sin límites o, lo que es lo mismo, la carencia de educación.

 

No soy psicólogo, pero siempre he entendido que a los niños, desde pequeños, hay que hacerles entender qué es lo que y qué es lo que no pueden hacer. Los niños son artistas de llevar las situaciones lo más lejos que puedan dentro de sus intereses y la determinación de los límites es una tarea fundamental dentro del proceso educativo, algo que corresponde a los padres. Decir “no”, por mal que suene, es seguramente una de las grandes cosas que pueden hacer los padres por sus hijos, entre otras cosas porque la vida en sociedad lleva intrínseca el establecimiento de fronteras a nuestras ansias irrefrenables. Un niño al que nunca se le dice que no tiene altísimas probabilidades no sólo de ser un gili… insoportable, sino de estar abocado a fracaso social, laboral e incluso personal en su vida de adulto. Puede que no lo sea, pero en mi opinión tendrá muchas papeletas.

 

Sin embargo, más importante que decir “no” es ser capaz de mantenerse en ese “no” cuando sea razonable. Son muchos los padres que dicen que no a muchas de las pretensiones de sus hijos, pero que sólo son capaces de aguantar el primer o el segundo asalto. Algo que me parece especialmente contraproducente es esa tendencia a que después de un poquito de insistencia machacona, una gracia, un chantaje afectivo, una pataleta, la apelación al miedo o la argucia que sea, el no acabe diluyéndose cual azucarillo para convertirse en un sí. Da lo mismo lo que sea, una consola, una chuche, ver un programa en la tele, dormir en la habitación de los padres, estudiar, ducharse… el no mantenerse en el “no” (entendiendo el no en un sentido amplio, no sólo en el de una negativa) es un tremendo error en la educación de un niño. 

 

Tampoco sirve algo que se escucha con frecuencia, lo de que cuando sea un poco más mayor ya nos lo tomaremos más en serio esto de ponerle límites, pero ahora que el niño disfrute. Y es que la técnica del aplazamiento con mucha probabilidad hará casi imposible recuperar el tiempo perdido cuando no imposible. El niño que no tiene asimilado que en la vida no es posible hacer todo lo que uno quiere a los cuatro, difícilmente lo entenderá a los iete y, cuando llegue a la adolescencia, lo que con otros chavales es un conflicto normal (a veces difícil de aguantar) para su edad, en ellos deriva en una situación insostenible.

 

Los niños necesitan tener en sus padres (padre y madre) un referente afectivo, pero también un referente de autoridad. No se trata de volver al modelo que vivieron nuestros padres, de una familia autoritaria donde el niño era casi el último mono, sino de asumir una tarea de educación en la que todo se desarrolle dentro de la normalidad de la relación entre un niño y sus padres. Eso, además, debe extenderse a la relación del niño con la sociedad, con sus abuelos, con sus educadores en la escuela, con las personas que les cuidan, con lo vecinos, con un mundo que deben aprender a respetar.

 

No es fácil, en muchas ocasiones es más cómodo comprarle al niño la wii, dejarle que regrese a no sé que hora cuando tiene sólo doce años y tantos y tantos ejemplos en los que podemos pensar. Pero la renuncia a ello es el peor favor que podemos hacerles a los chavales y a nosotros mismos. Siempre he mantenido que una familia es eso, una familia, no una democracia, porque en una familia lo que diga el niño (sobre todo a ciertas edades) no puede condicionar decisiones que deben tomar quienes están en el ejercicio de la autoridad, o sea, los padres. 

 

No nos podemos permitir este fracaso colectivo, porque estoy convencido que en estos polvos están los lodos de un fracaso social de parte de una generación, algo que, al final, pagaremos todos. 




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