Los nuevos datos de paro conocidos hoy confirman los peores temores y la dimensión de la crisis que estamos viviendo en España. Los representantes del gobierno se hartan de decirnos que estamos mejor preparados que otros países de Europa para afrontar la situación, pero lo cierto es que el indicador más dramático, por cuanto afecta a la vida de muchísimas familias, que es el del paro, nos sitúa ya a la cabeza de la Europa comunitaria. Somos los que tenemos mayor porcentaje de paro (nos sigue Eslovaquia) y no parece que la tendencia vaya a cambiar.
Nuestros políticos se pasan horas y horas los unos acusando al gobierno de no estar haciendo nada frente a la crisis y los otros explicando por qué ellos no tienen responsabilidad alguna en lo que está pasando. Durante unos meses se pasaron echando la culpa de nuestra situación a una maldita conjunción de crisis financiera y altos precios del petróleo, pero lo cierto es que una vez se han moderado estos últimos de forma más que significativa, no hemos visto mejora alguna más allá de unas decimillas en las cifras de la inflación. Pero lo malo es que sigue esta tendencia casi patológica a intentar encontrar fuera de nuestras fronteras la explicación a lo que pasa para eludir responsabilidades. Aquí no se trata de encontrar culpables, sino de diagnosticar bien lo que nos sucede, porque sin duda tenemos síntomas de una enfermedad internacional, en algunos casos (como el sistema financiero) incluso estamos mejor, pero no cabe duda de que hay elementos de esta crisis que son endógenos y que se deben a las características de nuestro crecimiento en los últimos años.
Hemos crecido mucho en los últimos tiempos, es verdad, pero ¿lo hemos hecho de forma armónica? ¿Ha respondido el crecimiento de nuestra renta per capita a una evolución en sintonía de la economía real o parte de ese crecimiento se ha debido a comportamientos especulativos? Mirémonos y digámonos si en verdad se ha enriquecido tanto el país, qué parte de nuestra riqueza tiene cimientos sólidos, cuánto le debemos a los fondos europeos que nos hemos hartado de recibir y cuyo flujo ya se está cortando. Preguntémonos estas y muchas otras cosas para dibujar un panorama real de quienes somos para no seguir equivocando el diagnóstico.
Y digo lo del diagnóstico porque hoy he vuelto a escuchar a la vicepresidenta reiterar el argumento de la responsabilidad del sector de la construcción en lo que estamos viviendo con el paro. Es verdad que ha sido el primer sector en sufrir el frenazo, pero un vistazo simple a las cifras de hoy demuestran que otros sectores, en especial el de servicios, se apuntan con fuerza al crecimiento del paro. Esta no es la crisis de la burbuja inmobiliaria, que también, es una crisis más profunda del modelo económico en su conjunto, de unos años felices años en los que nos creíamos una situación que en parte era un espejismo.
Si nos seguimos empeñando en echar la culpa de lo que nos pasa a las hipotecas subprime, al precio del petróleo y al sector de la construcción, si no vemos más allá de nuestras narices, seguiremos equivocando el diagnóstico y seguiremos trabajando en parches. Necesitamos una profunda discusión social de qué es lo que queremos ser como país, de hacia dónde queremos encaminar nuestros esfuerzos. Queremos seguir siendo un país turístico con el modelo actual o queremos cambiarlo, nos contentamos configurándonos como el asilo residencial de Europa o no nos convence, pensamos que en cuanto escampe debemos volver a enladrillar España o apostamos por otra cosa, facilitamos el camino a los emprendedores o les seguimos exigiendo heroísmo para salir adelante, estudiamos en qué sectores podemos tener ventaja competitiva y los apoyamos con fuerza o dejamos que sea lo que Dios quiera. Nuestro modelo ha encallado y, o nos ponemos a trabajar colectivamente en lo que queremos ser, o daremos muchos palos de ciego. Y lo malo es que llevamos ya un tiempecito dándolos. A ver s lo que pasa es damos esos palos porque no somos capaces de ver la realidad.



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