Archivos para 2 octubre 2008



02
oct
08

Los palos de ciego

Los nuevos datos de paro conocidos hoy confirman los peores temores y la dimensión de la crisis que estamos viviendo en España. Los representantes del gobierno se hartan de decirnos que estamos mejor preparados que otros países de Europa para afrontar la situación, pero lo cierto es que el indicador más dramático, por cuanto afecta a la vida de muchísimas familias, que es el del paro, nos sitúa ya a la cabeza de la Europa comunitaria. Somos los que tenemos mayor porcentaje de paro (nos sigue Eslovaquia) y no parece que la tendencia vaya a cambiar. 

Nuestros políticos se pasan horas y horas los unos acusando al gobierno de no estar haciendo nada frente a la crisis y los otros explicando por qué ellos no tienen responsabilidad alguna en lo que está pasando. Durante unos meses se pasaron echando la culpa de nuestra situación a una maldita conjunción de crisis financiera y altos precios del petróleo, pero lo cierto es que una vez se han moderado estos últimos de forma más que significativa, no hemos visto mejora alguna más allá de unas decimillas en las cifras de la inflación. Pero lo malo es que sigue esta tendencia casi patológica a intentar encontrar fuera de nuestras fronteras la explicación a lo que pasa para eludir responsabilidades. Aquí no se trata de encontrar culpables, sino de diagnosticar bien lo que nos sucede, porque sin duda tenemos síntomas de una enfermedad internacional, en algunos casos (como el sistema financiero) incluso estamos mejor, pero no cabe duda de que hay elementos de esta crisis que son endógenos y que se deben a las características de nuestro crecimiento en los últimos años.

Hemos crecido mucho en los últimos tiempos, es verdad, pero ¿lo hemos hecho de forma armónica? ¿Ha respondido el crecimiento de nuestra renta per capita a una evolución en sintonía de la economía real o parte de ese crecimiento se ha debido a comportamientos especulativos? Mirémonos y digámonos si en verdad se ha enriquecido tanto el país, qué parte de nuestra riqueza tiene cimientos sólidos, cuánto le debemos a los fondos europeos que nos hemos hartado de recibir y cuyo flujo ya se está cortando. Preguntémonos estas y muchas otras cosas para dibujar un panorama real de quienes somos para no seguir equivocando el diagnóstico.

Y digo lo del diagnóstico porque hoy he vuelto a escuchar a la vicepresidenta reiterar el argumento de la responsabilidad del sector de la construcción en lo que estamos viviendo con el paro. Es verdad que ha sido el primer sector en sufrir el frenazo, pero un vistazo simple a las cifras de hoy demuestran que otros sectores, en especial el de servicios, se apuntan con fuerza al crecimiento del paro. Esta no es la crisis de la burbuja inmobiliaria, que también, es una crisis más profunda del modelo económico en su conjunto, de unos años felices años en los que nos creíamos una situación que en parte era un espejismo. 

Si nos seguimos empeñando en echar la culpa de lo que nos pasa a las hipotecas subprime, al precio del petróleo y al sector de la construcción, si no vemos más allá de nuestras narices, seguiremos equivocando el diagnóstico y seguiremos trabajando en parches. Necesitamos una profunda discusión social de qué es lo que queremos ser como país, de hacia dónde queremos encaminar nuestros esfuerzos. Queremos seguir siendo un país turístico con el modelo actual o queremos cambiarlo, nos contentamos configurándonos como el asilo residencial de Europa o no nos convence, pensamos que en cuanto escampe debemos volver a enladrillar España o apostamos por otra cosa, facilitamos el camino a los emprendedores o les seguimos exigiendo heroísmo para salir adelante, estudiamos en qué sectores podemos tener ventaja competitiva y los apoyamos con fuerza o dejamos que sea lo que Dios quiera. Nuestro modelo ha encallado y, o nos ponemos a trabajar colectivamente en lo que queremos ser, o daremos muchos palos de ciego. Y lo malo es que llevamos ya un tiempecito dándolos. A ver s lo que pasa es damos esos palos porque no somos capaces de ver la realidad.

01
oct
08

La importancia de decir no… y de mantenerlo

 

La memoria de la Fiscalía General del Estado refleja este año un incremento sustancial de algo que hace unos años nos hubiera parecido inimaginable: las agresiones de hijos a sus padres e incluso a los abuelos. Este es, sin duda, un síntoma de que algo estamos haciendo muy mal como sociedad y un motivo de reflexión profundo para muchos padres cuyos hijos son todavía pequeños pero que apuntan ya maneras preocupantes.

 

Esa violencia hacia los padres, que se manifiesta de forma especialmente dura en la adolescencia, es un fracaso brutal de la convivencia familiar y del proceso educativo, así como la manifestación de un preocupante desequilibrio psíquico del chico o chica que agrede, quien no cabe duda de que ha edificado su personalidad sobre unos cimientos quebradizos además de tristísmos.

 

A una situación como esa no se llega de repente, sino que es el fruto de una educación mal enfocada por la familia en un entorno social que, si bien es cierto que cada día es más complejo, debe ser balanceado en el núcleo familiar. Creo que muchos de nosotros, en nuestro entorno cercano, conoceremos algún caso del que no nos extrañaría que derivara en algo parecido a la situación a la que hace referencia la fiscalía, por cuanto son muchos los padres que hoy practican la educación sin límites o, lo que es lo mismo, la carencia de educación.

 

No soy psicólogo, pero siempre he entendido que a los niños, desde pequeños, hay que hacerles entender qué es lo que y qué es lo que no pueden hacer. Los niños son artistas de llevar las situaciones lo más lejos que puedan dentro de sus intereses y la determinación de los límites es una tarea fundamental dentro del proceso educativo, algo que corresponde a los padres. Decir “no”, por mal que suene, es seguramente una de las grandes cosas que pueden hacer los padres por sus hijos, entre otras cosas porque la vida en sociedad lleva intrínseca el establecimiento de fronteras a nuestras ansias irrefrenables. Un niño al que nunca se le dice que no tiene altísimas probabilidades no sólo de ser un gili… insoportable, sino de estar abocado a fracaso social, laboral e incluso personal en su vida de adulto. Puede que no lo sea, pero en mi opinión tendrá muchas papeletas.

 

Sin embargo, más importante que decir “no” es ser capaz de mantenerse en ese “no” cuando sea razonable. Son muchos los padres que dicen que no a muchas de las pretensiones de sus hijos, pero que sólo son capaces de aguantar el primer o el segundo asalto. Algo que me parece especialmente contraproducente es esa tendencia a que después de un poquito de insistencia machacona, una gracia, un chantaje afectivo, una pataleta, la apelación al miedo o la argucia que sea, el no acabe diluyéndose cual azucarillo para convertirse en un sí. Da lo mismo lo que sea, una consola, una chuche, ver un programa en la tele, dormir en la habitación de los padres, estudiar, ducharse… el no mantenerse en el “no” (entendiendo el no en un sentido amplio, no sólo en el de una negativa) es un tremendo error en la educación de un niño. 

 

Tampoco sirve algo que se escucha con frecuencia, lo de que cuando sea un poco más mayor ya nos lo tomaremos más en serio esto de ponerle límites, pero ahora que el niño disfrute. Y es que la técnica del aplazamiento con mucha probabilidad hará casi imposible recuperar el tiempo perdido cuando no imposible. El niño que no tiene asimilado que en la vida no es posible hacer todo lo que uno quiere a los cuatro, difícilmente lo entenderá a los iete y, cuando llegue a la adolescencia, lo que con otros chavales es un conflicto normal (a veces difícil de aguantar) para su edad, en ellos deriva en una situación insostenible.

 

Los niños necesitan tener en sus padres (padre y madre) un referente afectivo, pero también un referente de autoridad. No se trata de volver al modelo que vivieron nuestros padres, de una familia autoritaria donde el niño era casi el último mono, sino de asumir una tarea de educación en la que todo se desarrolle dentro de la normalidad de la relación entre un niño y sus padres. Eso, además, debe extenderse a la relación del niño con la sociedad, con sus abuelos, con sus educadores en la escuela, con las personas que les cuidan, con lo vecinos, con un mundo que deben aprender a respetar.

 

No es fácil, en muchas ocasiones es más cómodo comprarle al niño la wii, dejarle que regrese a no sé que hora cuando tiene sólo doce años y tantos y tantos ejemplos en los que podemos pensar. Pero la renuncia a ello es el peor favor que podemos hacerles a los chavales y a nosotros mismos. Siempre he mantenido que una familia es eso, una familia, no una democracia, porque en una familia lo que diga el niño (sobre todo a ciertas edades) no puede condicionar decisiones que deben tomar quienes están en el ejercicio de la autoridad, o sea, los padres. 

 

No nos podemos permitir este fracaso colectivo, porque estoy convencido que en estos polvos están los lodos de un fracaso social de parte de una generación, algo que, al final, pagaremos todos. 




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