Cada día se nos está poniendo más complicado iniciar una conversación. Hace unos meses servía un “qué tal” o un “cómo estás” como pistoletazo de salida para una charla entre dos personas, pero la verdad es que ahora mismo hay que hacer un importante acopio de valor para decirle a alguien “qué tal”. Y es que en estos momentos de crisis, ante tan inocente pregunta lo más probables es que el interlocutor inicie canto lastimero en el que describa de forma descarnada lo que le está pasando en los últimos meses. Hubo un tiempo en el que la respuesta habitual oscilaba entre el bien y el estupendamente, en tanto que ahora todo transcurre entre un lacónico mal y un desesperante desastre.
Así que, aunque te hayas levantado bien de ánimo y hasta con una ligera dosis de optimismo injustificable, un par de “qué tal” a destiempo te sumen en un pozo de desesperanza del que se te hace difícil salir. Y, como los estados de ánimo son contagiosos, a poco que te pregunten luego a ti, te ves a ti mismo como protagonista de una narración preapocalíptica sobre lo que nos puede pasar. Y de contagiados pasamos a contagiadores, de tal forma que la mancha del pesimismo se va extendiendo y cubriendo a toda la sociedad.
Esto, que puede parecer una tontería más del Capi, tiene más importancia de lo que parece. De los equipos de fútbol se dice que son estados de ánimo. Eso explica cómo el Barcelona da hoy es un equipo exultante en tanto que hace unos meses y prácticamente con la misma plantilla, era un colectivo metido en la zozobra. Algo similar pasa con el Real Madrid, que el año pasado era capaz de remontar las situaciones adversas, en tanto que ahora vive en el permanente temor de volver a caer. Las sociedades también tienen estados de ánimo y, según cual sea el del momento en el que se encuentran, están mejor o peor preparadas para afrontar la realidad.
Es verdad que la falta de liquidez está ahogando negocios y empresas, es verdad que el consumo decae, que el paro se incrementa y que las perspectivas no son nada halagüeñas en el corto plazo. Pero tan cierto como ello es que el pesimismo colectivo hace mucho más grave la realidad de la situación.
Por esa razón, mi primera propuesta anticrisis es la de encontrar una frase que nos sirva para iniciar una conversación y que, indefectiblemente, nos lleve a una respuesta positiva. Ahora mismo no se me ocurre, pero estoy seguro que con la ayuda de todos vosotros encontraremos la frase adecuada para el establecimiento de conversaciones anticrisis. Así que ya sabéis cuál es nuestro reto. Y, si lo resolvemos, se lo ofrecemos sin coste al gobierno. Cosas menos útiles han hecho. A la recuperación por el saludo.








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