
El fuego cruzado de las cacerías de Bermejo ha terminado. El Ministro ha dimitido. Hubo quienes pidieron una predimisión cuando se supo que le iba a nombrar Zapatero y, ciertamente, hay que reconocer que más que ministro de Justicia en muchas ocasiones recordaba esas escenas de niños que, tras lluvia, caminan metiéndose en todos los charcos. Empezó salpicando un poquito y ha acabado llenado de barro el traje de los compañeros de gabinete. Eso sí, pasará a la historia por ser uno de los pocos que ha dimitido y porque es el primer ministro de Justicia que ha tenido una huelga de jueces. Ahí es nada.
Este gesto de Bermejo, que podría ser ejemplar, tiene como única objeción sus palabras, su propia explicación. No estamos ante alguien que dimite admitiendo que determinados comportamientos le impiden seguir con su responsabilidad. Antes al contrario, el argumento que ha dado el ministro es que no puede tolerar la “utilización” que se está haciendo de su encuentro con Garzón “en contra del proyecto del Gobierno del PSOE”. Es decir, que la culpa de que dimita la tienen unos impresentables que le roban las cartuchos de la escopeta para disparar contra el jefe. No es un “me he equivocado”, “he incumplido una normativa y, en mi condición de ministro de Justicia debería haber evitado ese hecho”, no, la razón para que se vaya es que se utilicen todo esos argumentos contra el gobierno.
Sea como fuere, está bien que se vaya, al margen de las palabras con las que lo haya hecho, más que nada porque marca el camino que deberían seguir unos cuantos más. A tenor de lo que él mismo ha declarado, Pedro Solbes parece ansioso por transitar por la vereda dimisionaria. Las palabras de Solbes han sonado a las de Schuster diciendo “es imposible ganar en Barcelona” (al día siguiente le echaron). Solbes ha dicho que envidia a Bermejo “porque es ex ministro” (que suena a un “Presidente, que quiero irme”). Bajo mi punto de vista resulta de lo más inquietante escuchar al vicepresidente económico de España decir que tiene ganas de tirar la toalla. Y lo peor es que no sorprende a nadie. No sorprende porque más de uno tiene la impresión de que las decisiones económicas que se han tomado en los últimos tiempos no generaban mucho entusiasmo en él. Si nuestras sospechas son ciertas, cabría recordarle a Solbes que un tal Manuel Pimentel, quien era ministro de trabajo con Aznar, dimitió por discrepancias con algunas decisiones de su gobierno. Es más, alguno entendería que Solbes podría tomar esa decisión “en defensa propia”, no vaya a ser que tenga que cargar con un hijo en cuya concepción ha tenido que ver que pasaba por allí mientras otro…, bueno, ya me entendéis. Igual me equivoco y es el ideólogo de las medidas del gobierno contra la crisis, pero no sé yo, no lo veo. Es más, quién sabe si dentro de poco se va a pescar sin licencia a un río en un parque nacional y con artes prohibidas. “Me han pescado, me voy, dejo el gobierno, señora trucha”.
Claro que lo más interesante es que, en el combate político que se avecina, después de la dimisión de Bermejo en directo al mentón, podemos ver cómo desde el partido de enfrente, en el que mantuvieron la distancia a base dimisiones y ceses menores, buscan golpear con una dimisión de gancho al hígado. Qué bonito y que sano sería un combate nulo de dimisiones, aunque, conociéndoles, lo más probables que ambos utilizaran dimisiones golpe bajo y acabaran descalificados. O lo que es peor, que al final se les escapara una leche y dejaran ko al árbitro, es decir, la ciudadanía.





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