
“Crónica Televisiva del año en que murió el Tomate” (editado por Netbiblo) es el título del libro de Susana Aloseste (Chicadelatele) que mañana por la tarde (16 de marzo) presentaremos en Madrid. Allí estaremos Susana, Concepción Cascajosa (profesora de Comunicación Audiovisual de la Carlos III), Gonzalo Martín (especialista en nuevos medios audiovisuales), Jesús Moreno (Subdirector de contenido multimedia de Antena 3) y el que suscribe. Será a las 19.30 en el Aula Magna del IE Business School (María de Molina, 11, Madrid). Me tomo la libertad de invitar a quienes estén interesados, que deben llamar al teléfono que figura en la invitación.
Susana me pidió un prologo para el libro. Lo reproduzco a continuación para quien le pueda interesar (es mejor leerlo en el libro de Susana).
“Cuando Susana me pidió que escribiera este prólogo acepté sin saber muy bien por dónde encauzarlo y, cuando finalmente me enfrenté a la tarea de redactarlo, me di cuenta de que no tenía nada claro su contenido, por mucho que la televisión haya sido una de las patas en las que se ha apoyado mi carrera profesional. Es evidente que, al igual que hace Susana en su blog, puedo dar mi opinión sobre lo que programan las cadenas de televisión, pero sería redundar en lo que ella nos ofrece en el libro y, por tanto, más allá de una valoración general, creo que no debe ser lo que yo cuente en este prólogo.
Sí me apetece comentar que mi consumo televisivo cada vez más ha quedado reducido a los eventos deportivos, algunas series que me gustan y, en menor medida, los informativos. Más allá de estos productos, cada vez me cuesta más ver un programa completo de televisión (por no decir imposible), algo que supongo que tiene que ver con la deriva que ha tomado el medio en los últimos años y que a mi, sinceramente, no acaba de gustarme. Estoy harto de reality shows, de ver la exhibición impudorosa de las bajas pasiones cuando no de las psicopatías, estoy harto de que en la televisión casi sea imposible ver a un artista consagrado en tanto que se nos llena la pantalla de aspirantes a serlo llorando cada dos por tres, estoy harto de ver cómo la audiencia puede encumbrar a una gata maullando en detrimento de un verdadero talento de la canción, me canso de bailarines famosos, me resulta cada vez más irritante la pléyade de jurados que se mueven entre la humillación sinsentido y el sentimentalismo bobalicón, me aburre soberanamente el famoso de tercera desnudando su patetismo personal frente a un tribunal de presuntos periodistas que se mueven al olor de la impudicia, me parecen un insulto a la inteligencia presuntos programas de análisis y debate que han optado por el “patiñismo” como forma de conducir el diálogo… en definitiva, echo mucho de menos la apuesta por el talento, por el humor y por las personas que tienen algo que contar. Y, por si fuera poco, al contrario que el noventa por ciento de los españoles, no veo los documentales de La 2 ni los de National Geographic, a no ser que la casualidad me los ponga delante y me enganchen.
En consecuencia, dado que soy un profesional del medio, que este medio me gusta y que lo que se me ocurre decir sobre su presente no es del todo bueno, he preferido huir de un análisis más detallado de la oferta actual para intentar reflexionar un poco sobre el futuro, algo que tampoco resulta sencillo porque estamos inmersos en un periodo de cambio, con el apagón analógico a la vuelta de la esquina, la proliferación de canales en la TDT, el creciente peso de internet en la oferta de contenidos audiovisuales, variaciones en los patrones de consumo de la gente y, por si fuera poco, en mitad de una crisis económica que acaba extiendo sobre todo una pátina de pesimismo. Como profesional ando un poco desorientado, no acabo de saber hacia dónde nos encaminamos y no me siento capaz de hacer un ejercicio adivinatorio sobre cómo será el mapa televisivo de aquí a pocos años. Por esa razón, sólo me atrevo a apuntar algunas líneas para la reflexión, que tal vez nos puedan dar alguna pista del camino por el que dentro de poco estaremos transitando.
Un primer elemento a tener en cuenta es que los espectadores empiezan a no ser un grupo homogéneo. No me refiero a sus gustos televisivos ni a sus horarios de consumo televisivo, sino a su forma de aproximarse a los contenidos audiovisuales. Es evidente que hay una generación que seguirá viendo televisión al modo clásico, en el salón de casa o como mucho en la habitación, con el mando a distancia en la mano, esperando a que emitan lo que quieren ver, haciendo zapping durante los anuncios y utilizando su poder hipnótico para conciliar el sueño. Tan cierto como ello es que hay otro grupo de gente, entre la que me incluyo, que sigue consumiendo contenidos televisivos al modo tradicional y que, al mismo tiempo, empieza a buscar contenidos audiovisuales a través de la red, en un empeño (no siempre fácil) de no perder ese tren que acaba de arrancar y que, en breve, se va a convertir en un “ave” lanzado a plena velocidad. Al mismo tiempo, quienes tenemos hijos comprobamos que prácticamente han dejado de ver los canales tradicionales de televisión y que la mayor parte de su consumo lo realizan ya a través de la red, donde la conversación se entremezcla con los contenidos.
Es evidente que el mercado acabará generando oferta para todos. Pero si hoy esa oferta todavía está canalizada para atender básicamente a los dos primeros grupos, en breve asistiremos a una carrera para ofrecer contenidos a los que ya se vuelcan en internet, algunos de los cuales son productos tradicionales ofrecidos a través de este nuevo canal en tanto que otros obedecerán a una concepción específica para su difusión por la red, una red en la que convivirán los contenidos generados por los usuarios con una creciente profesionalización de la oferta.
Esto, que parece un ejercicio teórico, tiene implicaciones prácticas en nuestro día a día. La conversación sobre la televisión hace unos años era la típica del café en la oficina. ¿Viste ayer lo que paso en el tal programa? Unos lo habían visto, otros no, otros casualmente tenían una increíble puntería porque su zapping siempre les llevaba a los momentos más intensos… Ahora esa conversación con mucha frecuencia se desarrolla en internet y un link te permite ver ese justo momento porque el contenido ya está disponible para cuando tú quieras verlo, para cuando alguien te sugiera verlo. Podemos pensar en otros ejemplos del día a día. A mi me gusta Dexter, por ejemplo, y he programado un DVD con disco duro para no olvidarme de grabarlo y saltarme la publicidad cuando lo veo. Un día paso mi hijo por el salón se quedó un ratito y le gustó el personaje. Se fue y en los días siguientes vio la primera temporada de Dexter y la segunda, que era la que yo estaba siguiendo y que dejé de ver porque un día, con las obras del edificio, se fue la luz, se desprogramó el DVD y me perdí en la trama. Así que me toca seguir el sistema de mi hijo para reengancharme a la serie, aunque ello suponga hacerlo en la pantalla de mi ordenador.
Por tanto, esto no es un ejercicio teórico, sino que es ya la realidad. El peso que cada uno de esos grupos de televidentes signifique en el consumo y la importancia comercial de los mismos será lo que, a mi juicio, va a ir determinando la velocidad del cambio y la forma en que se provean los contenidos. Y junto a ello creo que iremos asistiendo a una nueva forma de entender y de hacer la publicidad que, al final, es la fuente de la que todos quienes participan en este negocio tienen que acabar bebiendo directa o indirectamente.
Estos cambios son de una importancia capital, por cuanto una primera consecuencia va a ser (es ya) la creciente fragmentación de la audiencia. Desde hace años, estamos comprobando cómo las grandes cadenas vienen perdiendo cuota de mercado y cómo los que antes sacaban la guadaña cuando se bajaba de un veintipico por cien, ahora suplican al señor para que les conceda algo por encima del quince. Y eso irá a más para las cadenas que van del uno al seis (para algunas un diez por ciento de share es ya una cifra soñada) y para las autonómicas. La gente va a ver esas cadenas, las de la TDT, las del cable o el satélite o las que le dan con la oferta del teléfono y, además, lo que le dé la gana en internet. Y en la red se podrán ver los mismos contenidos que se ofrecen en los canales de toda la vida así como otros específicos desarrollados por canales online. Pero es que, además, la lógica nos hace pensar que quien quiera tener una presencia significativa en internet (medios de comunicación, empresas, instituciones…) van a tener que generar contenidos audiovisuales para resultar atractivos. Es decir, que la oferta se va a multiplicar por ene (sin contar con los contenidos de internet que generen los usuarios) en tanto que los consumidores se van a mantener más o menos estables.
En ese mercado fragmentado, parece lógico pensar que las grandes producciones televisivas para mercados internacionales van a seguir teniendo su espacio, aunque posiblemente tendrán que modificar sus esquemas de comercialización. Las grandes series americanas, por ejemplo, han visto como la red ha reforzado al producto, en la medida en que generan conversación, provocan que los internautas se reúnan en torno a su trama preferida, dan lugar a blogs dedicados a ellas… es decir potencian un producto que con la televisión convencional perdía parte de su potencial. Seguirán llegando a un mercado muy amplio aunque para ello tendrán que diversificar su forma de entrar en contacto con sus seguidores.
Fuera de ese tipo de producción, sin embargo, la fragmentación de la audiencia va a tener una consecuencia directa en la forma de entender la producción audiovisual. Los grandes presupuestos podrán existir para pocas producciones y el resto va a tener que ajustarse a un esquema de costes radicalmente distinto. Muy pocos canales van a poder soportar que el mero hecho de encender la parrilla de luces de un plató cueste lo que cuesta actualmente (por decirlo de una forma gráfica) ni tendrá sentido que para hacer cualquier programa sea condición sine qua non disponer de cinco cámaras y una cabeza caliente.
Algunos dirán, y no les faltará razón, que entonces vamos a una televisión de peor calidad. En alguna medida es cierto y no hay más que ver cómo se realizan algunos programas en los canales de TDT, con un look de cadena local pobretona que a veces provoca hasta una cierta ternura. De igual modo, es muy probable que veamos cómo se rellenan parillas con productos comprados a precio de saldo y cómo proliferan más si cabe esos cutreproductos vinculados a llamadas telefónicas. Lo anterior puede parecer desolador, es cierto, pero también creo que este cambio en el mercado ofrece interesantes oportunidades para hacer cosas nuevas.
Para esa generación que ya consume contenidos audiovisuales a través de internet, la calidad de una producción ya no depende de un alarde de medios técnicos. Evidentemente, una gran serie los necesitará, pero para ellos lo que es moderno es lo que ven en internet, contenidos en los que a veces no hay más que una cámara, algo que no es tan importante si la idea que hay detrás vale. Y no sólo vale para ellos, porque otro dato que de idea de la primacía del contenido sobre la forma, es el creciente recurso de las televisiones tradicionales a contenidos de internet, lo que da lugar a espacios con una calidad de imagen cuya emisión hace unos años hubiera sido considerada un pecado mortal contra el respeto a la profesión. Lo que es significativo de este hecho es que si la idea, si el contenido es bueno, la realización queda en un segundo plano. Dame algo que me interese y hazlo con la calidad que puedas, pero insisto, que me interese.
La ventaja de esta forma de pensar es que las barreras para el lanzamiento de nuevas propuestas cambia de forma significativa. El riesgo que asumía un canal al producir una idea novedosa al coste tradicional era alto y por esa razón tantas buenas ideas acababan sus días en un cajón. El riesgo de dar cancha a una nueva idea en un esquema de costes radicalmente distinto es mucho menor y, por ello, creo que el talento va a encontrar un campo mucho más amplio para desarrollarse que hasta ahora. Eso es, para mi, lo más alentador de los cambios a los que nos enfrentamos. Para añadir medios siempre hay tiempo si llegan los recursos. Y para un profesional resulta mucho más alentador ese panorama que la paupérrima tendencia a copiar formatos que funcionan en otros lugares o en otras cadenas.
Otra ventaja es que la tecnología viene al rescate. Quienes hemos hecho televisión online sabemos que podemos dar calidad HD en un pequeño plató con una iluminación ajustada y que nuestra sala de edición no es más que un ordenador. Lo mismo le pasa a un joven animoso e inquieto que decide probar una idea que le rondaba la cabeza para un corto que cuelga en Youtube. El cambio tecnológico va a ir a más y va a permitir una reducción muy importante de costes para quienes entiendan que hay que adaptarse a una nueva forma de producir. Cuando hacía El Noticiero en Mobuzz.tv, en alguna entrevista dije que éramos artesanos en el entorno de la alta tecnología, una tecnología que nos permitía hacer el producto con nuestras propias manos y sin depender de grandes estructuras.
El problema de todo esto es que, por ajustados que sean los costes, de algún lugar tiene que salir el dinero para alimentar la industria. La publicidad, que históricamente ha soportado la televisión, tiene que evolucionar en paralelo. Todavía se entiende que emitir un spot en un bloque de publicidad del que la gente huye es la mejor forma de realizar una campaña y de alcanzar notoriedad. Ese modelo tiene que evolucionar a un esquema distinto en el que publicidad y contenidos tienen que ir de la mano. Conseguir que el consumidor acepte la publicidad porque se le proporciona un contenido que le interesa es, bajo mi punto de vista, el camino. Además deberá tenderse a una planificación de campañas que, con la fragmentación de audiencias, permita mucha mayor puntería en los impactos publicitarios, que podrán dirigirse con más eficacia a los segmentos interesantes para una empresa.
De momento esto no son más que unas reflexiones de un profesional desnortado y quién sabe si lo que he escrito es tan sólo una pieza de prólogo-ficción. Los próximos años dirán si me he acercado algo al futuro de esta industria o no. El presente se encuentra en este libro, en la mirada certera de Susana, que en muchos de sus post apunta alguno de los temas de he apuntado en este prólogo. Por otra parte, habrá que hacer una loa de su santa paciencia, que le permite escribir día tras día de una televisión en la que conviven algunos productos de calidad con otros muchos que dan mucho que pensar sobre la condición humana. Y las conclusiones, por cierto, suelen ser un tanto desoladoras.”
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