
Bibiana Aído se está convirtiendo en la solista de una antológica ópera bufa, tal vez porque no sea consciente que el género en el que se está internando pertenece, sin duda, al género dramático. La inexperiencia (esperemos que sea sólo la inexperiencia y no algo más preocupante) está haciendo que día a día se convierta en centro de crítica y hasta de mofa, algo verdaderamente preocupante cuando se trata de legislar en un asunto tan complejo como el del aborto.
Para mi, a diferencia de lo que argumenta la oposición, la reforma de la ley era más que conveniente. La ley de despenalización del aborto legisló la subjetividad y, en consecuencia, la puerta de los riesgos para la salud mental de la madre se abría en cualquier momento del embarazo. Bajo mi punto de vista, una reforma de la ley que objetivara plazos y criterios era algo necesario, al margen de las creencias personales. El aborto es un hecho, una realidad social y debe ser legislado de la forma más precisa posible.
La reforma, por tanto, creo que podía ser defendida con cierta solvencia, en un tema que genera un debate ético que siempre dividirá en dos bloques a la sociedad y en el que conviene manejarse con cierta inteligencia y sensibilidad. Y ahí es donde está fallando la ministra Aído un día sí y otro también.
Su primera distinción entre “ser vivo” y “ser humano” ha abierto un debate mucho más profundo de lo que parece. De lo que estaríamos hablando sería del de una defensa de los derechos del feto mucho más radical de lo que nadie pudiera imaginar. Bajo mi punto de vista, esta distinción abre la vía para legislar sobre los derechos de los “seres vivos” a decidir a qué especie quieren pertenecer, para lo cual tan sólo haría falta conseguir un ADN reversible. Así, un ser vivo cuyo destino es convertirse en humano podría tener derecho (evidentemente sin el consentimiento de sus progenitores) a convertirse en el animal que deseara y hasta en planta, para lo cual sólo haría falta recomponer el ADN, en el más exquisito derecho de respeto a la libertad. Así se garantizaría lo que ya ha dicho el Presidente Zapatero, es decir, que los padres no interfieran en las decisiones de los hijos incluso antes de su nacimiento. Puede sonar a ciencia ficción con altas dosis de mal gusto, es verdad, pero para ciencia ficción la de la ministra cuando dijo “para mí un feto —de trece semanas— es un ser vivo, claro, pero no podemos hablar de ser humano porque no tiene ninguna base científica”.
El tema más controvertido de la ley, incluso para muchos de quienes apoyan el grueso de la reforma, es la posibilidad de que una chica de 16 años pueda decidir abortar sin el consentimiento de los padres. Destacados dirigentes socialistas ya han mostrado su discrepancia con este aspecto de la ley. La ministra de igualdad, en su defensa de esta posibilidad, ha vuelto a ser tan torpe como para dar un titular de la opera bufa “Aído”. Su alusión a que una chica de 16 años también “pueda ponerse tetas” sin consentimiento paterno no deja de ser una alusión chusca a la ley de autonomía del paciente. Personalmente, no me parece bien ni lo de las tetas ni lo del aborto sin consentimiento paterno, pero desde luego en modo alguno me parecen decisiones comparables.
Con actuaciones estelares como estas la ministra lo único que consigue es no sumar ni un solo apoyo al proyecto y hasta hacer dudar a quienes creemos que la reforma era necesaria. Revise lo de las tetas, señora ministra, que igual es mejor que lo del aborto sin consentimiento. En fin, escuchemos Aída y dejemos por un rato el ruido de Aído.
Una Carcajoda al respecto de la reforma de la ley.
(Foto: EP)




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