Cuando yo era pequeño, mis padres tenían lo que en Cataluña se llama una torre, una casa con su jardín que estaba relativamente cerca de Barcelona, en las proximidades Colonia Güell, una población que originariamente sirvió para dar alojamiento a los trabajadores de una fábrica textil y que formaba un pequeño núcleo urbano de casitas bajas verdaderamente agradable. En la colonia Güell, en cuya concepción tuvo responsabilidad Antonio Gaudí, había una maravillosa cripta en mitad de un pinar que forma parte de mis recuerdos de infancia y que siempre me fascinó: aquellas columnas de piedra inclinadas, las nervaduras que iban estructurando el edifico, la unión de la piedra con el ladrillo visto, los ventanales en los que el vidrio y la cerámica cobran protagonismo conformaban un conjunto mezcla de rústico y sofisticación que movía a la emoción. Lástima que la muerte de Gaudí interrumpiera un grandioso proyecto que, afortunadamente, nadie ha querido acometer después, lo que ha mantenido su magia y encanto.
No sé si influido por ese “jardín de infancia”, pero siempre me ha gustado la arquitectura como observador. Las obras de Gaudí ejercen en mi una especial fascinación, pero disfruto con la contemplación de edificios y proyectos que diseñan espacios distintos y especiales. De vez en cuando echo un vistazo a algunas revistas de arquitectura y disfruto analizando la concepción del espacio, la distribución de las formas, el uso de los materiales o la creación de ambientes que son capaces de impulsar algunos arquitectos.
El otro día me encontré con un interesante edificio en la revista Diseño Interior. Me llamó la atención, en primer lugar una espectacular estructura en piedra que, enfrentada a un muro conformaba un espacio rotundo, abierto y acogedor, una especie de calle porticada por la que caminar.. El muro abierto de piedra, en que las piezas de gran tamaño apoyaban unas sobre otras abriendo huecos de formas irregulares, me pareció de una contundencia y de una belleza que entroncaba seguramente con elementos constructivos ancestrales. Ese “primitivismo” convivía con el muro de enfrente, un elemento construido con un material absolutamente distinto, que, para mi sorpresa, es una masa de carátulas de cd de policarbonato, cuya función en la de reflejar la luz que se proyecta a través de leds, lo que permite variar las tonalidades, que en las fotos que he visto, pasan de un rojo llama a un azul profundo pasando por verdes de distintas tonalidades. Del interior del edificio, me han llamado mucho la atención los muros de hormigón, en los que se observan unas canaladuras que se han creado al encofrar con troncos de eucalipto.
La verdad es que el edificio me sorprendió y me pareció una interesantísima apuesta. Así que, una vez vistas las fotos y los pies de foto, me fui hacia las páginas anteriores para saber dónde estaba el edificio y debo reconocer que mi sorpresa fue morrocotuda: se trataba de la sede de la SGAE en Santiago de Compostela. Sí, la SGAE, había puesto en pie un maravilloso edificio de 3.000 metros cuadrados, con un coste que imagino muy, pero que muy alto. Les alabo el gusto, pero me ha sorprendido que esta entidad a la que los internautas han hundido en la miseria haya podido disponer de recursos para hacer esta espectacular obra. Porque, sinceramente, si algo no destila el edificio es pobreza de recursos, por mucho que la pared hecha con carátulas de cd, sean el reciclaje obligado de los que dicen no vender por culpa de internet. Bonito detalle este último.
Resulta difícil que,con iniciativas como esta, nos convenzan a los ciudadanos de las penurias que pasan estas sociedades de autores. Antes al contrario, nos inclinan a pensar que sus desgracias son un mal día de Bill Gates en bolsa. Y es que no basta con ser pobre, hay que parecerlo. Eso sí, ahora que ya ha entrado en vigor el canon, me siento más tranquilo porque al menos, con este edifico, lo han convertido en canon de la belleza.














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