Hace más de un año, en San Sebastián, Juanjo, un amigo que es crítico gastronómico y guía por los sabores donostiarras y sus alrededores, me presentó a un matrimonio (Ana y Félix) que, entre otras cosas, se dedicaban a la cría de caballos de carreras. Al cabo de poco tiempo, ese mismo amigo nos juntó en torno a una mesa en Madrid y entre otras cosas estuvimos charlando de ese mundo, que me resulta muy lejano. Mi único contacto con le mundo del caballo tenía que ver con los dos años que mi hijo estuvo aprendiendo a montar, ya que pasé unas cuantas horas en un club hípico en la zona del Pardo. La primera vez que le llevamos se pasó dos horas dando vueltas al paso y trotando y, al terminar, cuando esperábamos una reacción de tipo “vaya aburrimiento…”, para nuestra sorpresa se bajó entusiasmado del caballo. Aprendió rápido, empezó a saltar, pero entre que lo que más le gustaba era salir al campo con el caballo (y allí no era fácil si no tenías caballo propio) y las indecisiones de la adolescencia, lo acabó dejando.
Volviendo a la comida de Madrid, les conté todo esto de la afición de Nicolás, así como que estaba haciendo una casa en el campo y que en algún momento pensé que tal vez sería buena idea tener allí un caballo. Luego, al cabo de unos meses, volvimos a compartir mesa en una cena en Madrid. La verdad es que es una gente de esa con la que te sientes a gusto, a pesar de lo poco que nos conocíamos.
Al cabo de un tiempo, me telefoneó Juanjo y me dijo que me iba a llamar Ana, que le había pedido mi teléfono. Y, tal como me había anunciado, recibí su llamada. El contenido de aquella llamada se puede resumir en una pregunta que me hizo: ¿qué te parecería que te regaláramos un yegua? Recordé que el alguno de nuestros encuentros había dicho que ellos a veces retiran algún caballo de su cuadra y que, en esos casos, prefieren que se los quede alguien que crean que los va a cuidar bien que venderlos. Lo que nunca imaginé es que pensara en mi ni mucho menos que se tratara de un regalo.
Todavía aturdido, le dije que quería hablar con Nicolás, que es con quien en realidad iba a relacionarse la yegua, que muchas gracias y que, en breve, le daba una respuesta. La de Nicolás fue inmediata: un sí repleto de entusiasmo. Así que al día siguiente estábamos en el hipódromo de la Zarzuela para conocer a Ketty, que así se llama la yegua, y a la semana siguiente, después de buscarle acomodo, nos la llevamos al campo. De momento, está en un centro ecuestre, aunque yo creo que finalmente nos la llevaremos a casa cuando le acondicionemos una zona.
Ketty participó en cuatro carreras y, según me decía Ana, no parecía que fuera a estar en la elite, a pesar de que su abuelo fue un caballo que se ha ganado hasta un hueco en Wikipedia. Así que, aunque su entrenador quería volver a probarla después de una pequeña dolencia, decidieron darle un destino distinto que pasaba por las tierras de Gredos.
De esto hace algo más de un mes y Nicolás ha ido todos los fines de semana a montar a Ketty, que tiene tres años y que acostumbrarse a las nuevas experiencias del campo, sus caminos, el agua… En fin, que os la quería presentar y haceros partícipes de esta historia sorprendente de una conversación de esas que normalmente se las lleva en viento pero que en esta ocasión se ha convertido en una bonita historia real. Pues eso, que tenemos un nuevo elemento en la familia. Y es guapa, muy guapa. Y noble también.












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