Archivos para la Categoría 'mis cosas'

11
Oct

Os presento a Ketty

Hace más de un año, en San Sebastián, Juanjo, un amigo que es crítico gastronómico y guía por los sabores donostiarras y sus alrededores, me presentó a un matrimonio (Ana y Félix) que, entre otras cosas, se dedicaban a la cría de caballos de carreras. Al cabo de poco tiempo, ese mismo amigo nos juntó en torno a una mesa en Madrid y entre otras cosas estuvimos charlando de ese mundo, que me resulta muy lejano. Mi único contacto con le mundo del caballo tenía que ver con los dos años que mi hijo estuvo aprendiendo a montar, ya que pasé unas cuantas horas en un club hípico en la zona del Pardo. La primera vez que le llevamos se pasó dos horas dando vueltas al paso y trotando y, al terminar, cuando esperábamos una reacción de tipo “vaya aburrimiento…”, para nuestra sorpresa se bajó entusiasmado del caballo. Aprendió rápido, empezó a saltar, pero entre que lo que más le gustaba era salir al campo con el caballo (y allí no era fácil si no tenías caballo propio) y las indecisiones de la adolescencia, lo acabó dejando.

 Volviendo a la comida de Madrid, les conté todo esto de la afición de Nicolás, así como que estaba haciendo una casa en el campo y que en algún momento pensé que tal vez sería buena idea tener allí un caballo. Luego, al cabo de unos meses, volvimos a compartir mesa en una cena en Madrid. La verdad es que es una gente de esa con la que te sientes a gusto, a pesar de lo poco que nos conocíamos.

 

 Al cabo de un tiempo, me telefoneó Juanjo y me dijo que me iba a llamar Ana, que le había pedido mi teléfono. Y, tal como me había anunciado, recibí su llamada. El contenido de aquella llamada se puede resumir en una pregunta que me hizo: ¿qué te parecería que te regaláramos un yegua? Recordé que el alguno de nuestros encuentros había dicho que ellos a veces retiran algún caballo de su cuadra y que, en esos casos, prefieren que se los quede alguien que crean que los va a cuidar bien que venderlos. Lo que nunca imaginé es que pensara en mi ni mucho menos que se tratara de un regalo.

 

 Todavía aturdido, le dije que quería hablar con Nicolás, que es con quien en realidad iba a relacionarse la yegua, que muchas gracias y que, en breve, le daba una respuesta. La de Nicolás fue inmediata: un sí repleto de entusiasmo. Así que al día siguiente estábamos en el hipódromo de la Zarzuela para conocer a Ketty, que así se llama la yegua, y a la semana siguiente, después de buscarle acomodo, nos la llevamos al campo. De momento, está en un centro ecuestre, aunque yo creo que finalmente nos la llevaremos a casa cuando le acondicionemos una zona.

 

 Ketty participó en cuatro carreras y, según me decía Ana, no parecía que fuera a estar en la elite, a pesar de que su abuelo fue un caballo que se ha ganado hasta un hueco en Wikipedia. Así que, aunque su entrenador quería volver a probarla después de una pequeña dolencia, decidieron darle un destino distinto que pasaba por las tierras de Gredos.

 

 De esto hace algo más de un mes y Nicolás ha ido todos los fines de semana a montar a Ketty, que tiene tres años y que acostumbrarse a las nuevas experiencias del campo, sus caminos, el agua… En fin, que os la quería presentar y haceros partícipes de esta historia sorprendente de una conversación de esas que normalmente se las lleva en viento pero que en esta ocasión se ha convertido en una bonita historia real. Pues eso, que tenemos un nuevo elemento en la familia. Y es guapa, muy guapa. Y noble también.

22
Sep

Relámpagos de la infancia

Estamos en días de tormentas y no me refiero a las financieras, económicas ni políticas, sino a las tormentas de verdad, a las del viento anunciador, los nubarrones que cubren el cielo, las relámpagos que iluminan a fogonazos y la lluvia de gota gruesa. Desde pequeño me han fascinado las tormentas, me parecen un maravilloso espectáculo de la naturaleza, a pesar de que sus consecuencias son muchas veces fatales.

 

Mi gusto por las tormentas me viene de pequeñito. Mis padres tenían una casita cerca de la Colonia Güell, ese lugar que tiene una maravillosa cripta de Gaudí de la que ya he hablado en alguna ocasión. Frente al porche de la casa, además de algún barrio de arquitectura de dudoso mérito, se divisaban los montes a cuya otra ladera se extiende Barcelona. Ese era el escenario en el que normalmente aparecían los nubarrones de tormenta, sobre todo en este mes de septiembre, en el que no era raro que se dieran precipitaciones torrenciales e inundaciones. Asomado en aquel porche, el panorama del recorrido de los relámpagos y la espera a la llegada del trueno resultaba sobrecogedor y fascinante. Nunca me dieron miedo, tal vez porque desconocía algunos de sus peligros y tormenta que había tormenta que disfrutaba.

 

Igual que el espectáculo de los rayos, las nubes, los truenos y el agua, me reconfortaban los momentos después de las tormentas. El olor del campo después de la lluvia, los rayos de sol que se descomponían en colores con el agua pulverizada, el rumor del agua en busca de su descanso… Después de la tormenta solía coger una bolsa e irme en busca de caracoles. Recorría los campos cercanos a la casa y en las zonas de piedras que contenían las tierras o en algunos miniacueductos que servían para el riego y que recuerdo vagamente encontraba a los caracoles que salían a retozarse al sol. Cogía bastantes, para alegría de mi padre, a quien siempre le gustaron mucho. Al llegar a casa los depositaba en una cesta grande de mimbre, con tapa, donde pasaban unos días antes de su tránsito a la cazuela previa limpieza en profundidad. 

 

Espero que en la casa de campo (a la que le queda un mesecito para el fin de obra) pueda disfrutar también del espectáculo de las tormentas, con esos montes de Gredos que sirven de anfitriones a las nubes. y espero disfrutar de las tormentas como cuando era pequeño. Sólo renunciaré a lo de los caracoles, porque mi padre ya no está aquí para poder degustarlos. Pero seguro que me acuerdo de él en las tormentas por venir.  

16
Ago

La pesada mesa

Atiendo la petición de algunas lectoras, Elecktra y Sonia, que tenían cierta curiosidad por ver la pesada mesa que mencioné en el post de ayer. La verdad es que las fotografías no son muy buenas, ya que fueron tomadas con el teléfono móvil en el almacén de la tienda, pero creo que os pueden dar una cierta idea de cómo es. Supongo que habrá muchas personas a quienes no les guste, pero a nosotros esa contundencia de la chapa metálica, los tonos de óxido y la tapa con tantas variantes de tonalidad nos gusta. Es la materia prima absolutamente presente y la mano del artesano que ha conseguido dar forma a un material de deshecho. Todavía no sé dónde reside el tipo en cuestión, pero creo que se dedica en exclusiva a esto y que se toma bastante tiempo en la elaboración de cada pieza, que prácticamente tiene vendidas de antemano.

La verdad es que me gusta este aspecto contundente e industrial del mueble. Últimamente, quienes gustéis de la decoración y de piezas de anticuario habréis podido comprobar cómo se empieza a ver bastante más oferta de este tipo de mobiliario, en especial el que tiene que ver con fábricas de hace unas décadas. Cada vez más encuentras muebles que nos transportan a un cierto ambiente de factoría con mucha presencia del metal y reciclajes de algunos elementos que tenían otro uso para mobiliario (hace poco vi una caldera semicircular de hierro fantástica). Suelen ser elementos de líneas más o menos sencillas, contundentes y que, en su justa dosis, creo que aportan un toque muy interesante a la decoración.

También este último año se empieza a ver el uso de elementos que tienen que ver con la estética de los barcos, por ejemplo, en la iluminación. Tal vez alguno de vosotros haya visto versiones actualizadas de las lámparas que se utilizaban para el código morse reconvertidas a lámparas de pie.

Me imagino que Sonia podría encontrar piezas de estas con cierta facilidad en Alemania. Aquí en España empiezan a ofrecerse, pero gran parte de ellas procedentes de otros países de Europa.  En fin, que no me enrollo más, que está será la mesa de cocina que tendré en el campo.

09
Ago

Los días que vuelan

Harto de calor como estaba, ahora me encuentro en fase de recarga de frío. Ayer me vine a Polentinos, un pequeño pueblo de la provincia de Palencia cercano a Cervera de Pisuerga, que me recibió con dieciocho grados (seis teníamos a las siete de la mañana). Da gusto caminar por el monte y necesitar de una chaqueta que te proteja de la sensación de frío que provoca el viento del norte, un viento que no viene solo, sino acompañado de unas nubes que se pelean con los árboles por controlar la parte alta de la montaña. Da gusto subir cuestas sin romper a sudar en los primeros metros, mientras contemplas admirado los bosques, los montes, los valles que dan alimento a las vacas que tanto abundan por aquí.

 

Un par de horas de paseo en solitario en las que sólo escuchas el silbido del viento y el roce de tus neuronas cuando pones en marcha el pensamiento. Y a la vuelta, me cruzo con el Isidro, que en compañía de sus dos perros negros, está llevando a algunas de sus vacas a la zona del puerto. Con su mono azul y su bastón, sigue añadiendo kilómetros a su contador personal y yo me pregunto cuántas veces habrá dado la vuelta al mundo por sus tierras palentinas. Siempre con sus vacas de un lado para otro, día tras día, en una vida tan distinta… sólo nos la cruzamos de vez en cuando en el pueblo y, en la lejanía, cuando me veía en El Negociador. “Ya no te veo” me dice, y es que nuestras vacas son de ciclos cortos, nacen y ya les exigen que den leche y, si no, ya se sabe: a sacrificarlas.

 

Vivimos en un mundo de distintas velocidades, donde los días no tienen las mismas horas para todo el mundo, en el que hay gente que tiene tiempo para ver el paisaje y otros a quienes nos pasa fugaz sin que tengamos tiempo para fijarnos. Por eso hay que parar de vez en cuando para que la vida no sea un constante paisaje desenfocado, para que el tiempo se repose y lo vivamos al ritmo de nuestros antepasados. Qué carencia tenemos de días largos, con cuanta frecuencia se nos pasan los días volando, con lo que escasean.

 

Y resulta que el oso anda cerca del pueblo. Esta noche se ha zampado la miel de un panal del Eusebio. El otro día por lo visto fue una cría la que divisó al oso. No le hicieron caso, pero después vieron las huellas. Reconforta, por un lado, saber que todavía hay osos por estas tierras, pero también da un poquito de respeto saber que puedes cruzarte con él. Estamos en Polentinos y vivimos a otro ritmo. Lo malo es que estos días también se pasan volando. Y el martes a grabar de nuevo.

04
Ago

Mamma mía

Leo que el disco Gold del grupo sueco Abba ha vuelto a la primera posición de las listas de ventas del Reino Unido a los 16 años de su publicación, desbancando al último trabajo de Coldplay. Parece que este renacer dela música de Abba tiene que ver con el estreno de la película Mamma Mía, adaptación al cine del musical que cuenta en su reparto con Meryl Streep y Pierce Brosman.

No sé si serán capaces de superar nuestra versión informal del tema. Para quienes no la recuerden, aquí os la dejo

03
Ago

Delirios provocados por el calor

Ya os dije hace unos días que este calor que sufrimos me hace especialmente ingrata la tarea de ponerme a escribir frente a la pantalla de mi ordenador. Si a eso le unimos que paso la mayor parte de mi tiempo libre lo paso visitando tiendas de muebles, ya que en un par de meses espero tener acabada la casa que estamos haciendo en el campo, mi productividad como bloguero ha caído en picado.

También ha caído mi capacidad para encontrar temas sobre los que escribir. En parte porque no los encuentro y en parte porque algunos me acaban produciendo cierta pereza, el resultado final es que casi no actualizo. Por ese motivo, he decidido hacer pública la presente chorrada, para darle un poco de vidilla al blog.

Mientras cenaba se me ha venido a la cabeza una auténtica bobada, pero he decidido que, si la escribía, compartiría con vosotros un momento absolutamente intrascendente y que no lleva a ningún lugar. Y también está bien compartir esos momentos. En la cena, hemos puesto en la mesa una ensalada con una cierta variedad de hojas verdes, entre las que había un poco de rúcola. La primera vez que la probé, pensé que ese debe ser el sabor al que están acostumbradas las vacas, algo que no debe tener ningún fundamento, pero que siempre me ha parecido así. De tal forma que, al volver a asociar el sabor de la rúcola con las vacas, la chorrada que he pensado ha sido la siguiente: si fuera vaca, exigiría que me condimentaran el prado con aceite y vinagre. Y es que creo que eso es lo que más me gusta de una ensalada, el condimento. O me estoy poniendo mal o eso ha sido un delirio provocado por el calor.

25
Jul

Odio el calor

Llevo sin escribir unos cuantos días. Es verdad que estoy un poquito más liado, porque he empezado con las grabaciones de un nuevo programa de televisión que se estrenará, si nada cambia (que en esto de la tele nunca se sabe), a finales de agosto. Es verdad también que me han pedido un artículo sobre la alimentación y el humor al que todavía no sé muy bien cómo meterle el diente y también que estoy liado viendo tiendas de todo tipo para la casa que estoy construyendo en el campo.

 

Pero por mucho que sumemos todos esos factores, yo creo que esa no es la razón por la que llevo tantos días sin subir un post. Ideas sobre lo que escribir las he tenido casi todos los días, pero había algo que me impedía ponerme delante de la pantalla y empezar a aporrear el teclado. Después de pensar un poco sobre las causas de mi apatía bloguera, he llegado a la conclusión de que la culpa de todo esto la tiene calor, el insoportable calor que ha hecho estos últimos días.

 

Odio el calor, tanto el calor seco madrileño (que te hace sentir cuando sales a la calle lan sensación que debe tener el pollo cuando lo metes el el horno), como el calor húmedo de mi Barcelona natal que te convierte en hombre-fuente y sorprendido por la cantidad de liquido que puedes llegar a soltar a través de tus poros. Lo odio, no lo soporto. El miércoles pasado, notaba cómo el aire me quemaba la piel cuando iba en mi moto, rodeado del calor ambiental, del que sueltan los coches y achicharrándome la sesera con el imprescindible casco protector. Pero cuando llegas a casa, la sensación que inicialmente es agradable se torna de nuevo insoportable a los pocos minutos y, cuando te sientas delante del ordenador, compruebas nuevamente tu faceta de manantial, cómo se te pega la piel a la idem de la silla y cómo tus ideas que quieren dirigirse hacia otros temas acaban inexorablemente en un grito sordo de odio al calor. Y entonces, te levantas y te vas.

 

Igual soy más raro de lo que creo. Porque mi odio al calor se convierte en amistad con el frío. Me gusta el frío del invierno, me gustan los días de lluvia (excepto para la moto) y su capacidad para dar profundidad a todos los colores, me cautiva la nieve y disfruto comprobando las formas de los copos, adoro las tormentas con su espectáculo eléctrico y el olor que dejan a su paso, me fascina la niebla y la forma en que filtra los paisajes, pero no encuentro nada positivo al calor. Que no dudo que lo tenga, pero yo no se lo encuentro.

 

Ya sé que puedo solucionar las cosas con el aire acondicionado, pero cuando soy yo el que tiene que darle al “on” y especialmente en esta zona de la casa en la que hay un aparato de bastante potencia, pues me lo pienso dos veces, que si qué necesidad de despilfarrar energía, que si hace calor pues me aguanto, que si el aire acondicionado tampoco es muy sano… y muchas veces no lo pongo (el miércoles sí, un poquito, pero no lo suficiente para ponerme a escribir). Así que, seguidores de este blog, perdón por la falta de lectura en esta semana, pero ya sabéis que no soy más que una víctima de unas temperaturas que no están hechas para mi. Y yo que estuve a punto de irme al invierno argentino este verano… Os dejo esa imagen desde el Cerro Catedral con un mar de nubes que impide ver el lago Nahuel Huapi, en San Carlos de Bariloche, mi añorado Bariloche.

17
Jul

Buenafuente ha salido un momento

Ayer estuve en el programa de televisión “Buenafuente ha salido un momento”, que está siendo presentado por Berto, colaborador habitual de Andreu a quien este verano le ha tocado ponerse al frente del producto. En primer lugar, quiero agradecerles la invitación y quiero aprovechar también para destacar la profesionalidad de todo ese equipo. Yo he estado de invitado en bastantes programas y pocas veces he visto una organización tan bien engrasada como esta de El Terrat. En estos tiempos en que muchas veces se echa a faltar profesionalidad y buen trato, encontrarte con una gente que transmite entusiasmo con lo que hace y que está pendiente del menor detalle es algo que merece destacar. Más que nada porque esa forma de desarrollar el trabajo, que debería ser la normal, tristemente no es habitual. No estoy diciendo que en otros programas traten a sus invitados mal, pero entre tratar correctamente y lo que hace esta gente de El Terrat hay un pequeño recorrido que marca una gran diferencia. El cuidado del trato y de los detalles marca una diferencia detrás de la cámara y fuera del plató, pero es indudable que ese mismo nivel de exigencia deben trasladarlo a todo lo que tiene que ver con el programa y, por ese motivo, te gusten más o menos Andreu o Berto (que a mi por otra parte sí me gustan), la factura del programa es impecable. Televisión como debe hacerse. ¿Que tienen medios y presupuesto? Sin duda. ¿Que saben utilizarlos en beneficio del programa? Indudable también. 

Os reitero el agradecimiento a todos y espero haber contribuido a que el programa de ayer saliera bien. Espero que no os importe que cuelgue aquí la entrevista. 

02
Jun

Mis planes de exterminio

Me irritan, me irritan y lo hacen hasta tal punto que sinceramente no los puedo soportar. Me darán cuantos argumentos quieran para intentar cambiar mi actitud hacia ellos, pero lo siento, no estoy dispuesto a cambiar de opinión ni a sentir la menor indulgencia: hay que acabar de una vez por todas con ellos. No sé cómo, pero hay que hacerlo. 

 

Que no me vengan con argumentos chorras de que hay que dar oportunidades a todos, de que quién somos nosotros para juzgarles, de que hay situaciones mucho más graves que esta, de que al fin y al cabo tampoco es para ponerse así. Que no, que me dejen en paz. Porque lo que creo que se impone es organizar un cruzada contra ellos, un plan de exterminio progresivo en el que aquellos que no sirven y que son unos inútiles desaparezcan para siempre. 

 

Nada más entrar ya los calas. Una simple mirada y sabes que en cuanto trates con él te vas a poner de mala leche, mentarás a la madre que lo parió, te quemarán y hasta es posible que acabes dándole un peñetazo. Y además, si al final resulta que esto sólo me pasa a mi, que es un cable que se me ha cruzado sólo a mi es queme da igual, estoy casi dispuesto a afrontar en solitario la fase de extermino, armándome con lo que haga falta.

 

Es que te empiezas a lavar las manos y ya estás pensando “joder con el secamanos ese de mierda, ya verás” . Y no falla, le das a la tecla y empieza un soplido repugnante de un asmático mecánico, que no sólo no te seca, sino que encima te empieza a quemar la piel. Y eso si tiene pulsador, porque luego está el modelo tuerto, esos que sólo deben ver con un ojo y que arrancan-paran, arrancan-paran, sin que nunca acabes de entender cuál de tus movimientos hace que arranque y cuál que paren. ¿Y porqué los compran? ¿Qué mente degenerado puede pensar que ahorrase unos euros en el secamanos (eso si se los ahorra) compensa cabrear a toda su clientela. Lo peor es que, además, hay unos que funcionan perfectamente, unos con una salida orientable, que tiene su pulsado y que, nada más ponerlo en marcha, lanza un soplido hipohuracanado que da gusto, lo cual permite separar las manos del origen del chorro y de esa forma no quemarse. Pues no, España entera está llena de secamanos de mierda, que no secan, que quemasn, que funcionan aleatoriamente, que te ponen de mala leche y que te obligan a secarte con papel higiénico con la culera de tus pantalones. ¿Es o no es para cabrearse? ¿Es o no es para exterminarlos? Y si me llaman el xenófobo del secamanos me la suda. Bueno, mejor no, no vaya a tener que secarme el sudor con uno de esos.

08
May

Destino sin control

Nunca imaginó que pudiera perder el control de su destino de una forma tan tonta. Él se casó, inició una vida en común, luego las cosas se torcieron y, creyendo que tenía el control de su vida, decidió separarse. Sin embargo, desconocía que existía un frente que no había previsto, un elemento fuera de control que le situaría en un mundo que nunca imaginó. Logró separarse de su anterior familia, sí, pero acabó metido en una escena sin poder decidir, el asunto se le había ido de las manos.

 

Jaime de Marichalar nunca pensó que al tratar de su separación de la Infanta Elena debería haber previsto que un día se había convertido en figura del Museo de Cera. Cuando fue creado y como no podía ser de otra manera, su lugar estaba entre la familia real española. Pero, claro, te separas, y pones a los responsables del museo en un brete. ¿Qué hacen contigo? Te convierten en velas, te funden y te reciclan en otro personaje (da mal rollo estar hecho de la misma cera que Marichalar), te esconden en un armario… o te trasladan a otra escena. Y esa fue la decisión de los del museo, trasladar a don Jaime y convertirlo en figurante de una escena taurina en la que ve los toros desde detrás de la barrera, sin lanzarse al ruedo. Algún malvado podría haber pensado en convertirlo en toro, pero bien es sabido que más allá de evidentes y nada sutiles referencias a adornos de la testa, cuya pertinencia desconozco, convertir a Marichalar en representante de una raza brava no parecía de lo más adecuado.

 

Así que ahí lo tienen al pobre, contemplando una corrida eterna con El Juli, Enrique Ponce, Jesulín y otro desubicado como él,  Islero, el toro que mató a Manolete, que obviamente no fue lidiado con ese cartel. Puede que Marichalar esté contento, y que prefiera inmortalizarse como personaje en decadencia en semejante escena, pero yo creo que uno debería tener el control de esta situación y exigir que le devuelvan a uno mismo en ceras de diseño que siempre vienen bien en caso de apagón, algo que, a los precios que está la energía, puede pasar en cualquier momento.

 

Cosas como esta hacen que me pregunte en dónde me habrán puesto a mí, no en el museo de cera, sino en no sé que lugar en el que la gente guarde los miles de fotos que me he hecho en estos últimos años con personas que me lo han pedido por la calle, en un restaurante, en el fútbol. Siempre me pregunto qué harán, si me habrán puesto en el álbum pegado a la foto de alguien que me guste o si, por desgracia, ni tan siquiera he sido impreso y me he convertido en un mero archivo de teléfono móvil o en unos cuantos megas de nada. Y lo de las fotos tiene un pase. Pero lo de los autógrafos, ¿qué hará la gente con un autógrafo birrioso que tiene escrito en la servilleta de un bar? Supongo que todos acaban en la papelera y espero que reciclados.