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No hay derechos

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No comparto la pintada, ni por el contenido ni por lo incívico que hay que ser para hacerla en ese bellísimo edificio. Pero también me cansa le insaciable apetito de la SGAE en su búsqueda de yacimientos para el cobro de derechos cuenta, en ocasiones, con la colaboración de las autoridades (algo muy habitual en España, donde incluso se ha llegado a plantear el cierre de páginas web sin decisión judicial) y, en otras, con declaraciones contrarias a sus intereses. Según he podido leer en la página de la plataforma todoscontraelcanon.es y en otras fuentes como meneame, la Comisión Europea les ha remitido una carta en la que manifiesta estar de acuerdo con los argumentos de la organización y, en particular, con la injusticia de gravar con un canon los equipos y soportes digitales, ya que estos se utilizan indistintamente tanto para almacenar contenidos libres de derechos de compensación por copia privada como aquellos que sí los tienen.

A esta noticia, se une otra del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que apoya el anonimato de las descargas por internet, lo que permite a las operadoras telefónicas no desvelar datos de sus usuarios por denuncias civiles, primando la defensa de los datos personales cuando no se esté inmerso en causas criminales o asuntos que afecten a la seguridad nacional.

En alguna medida, yo soy un creador, tengo amigos que los son en los campos del guión y de las artes y, sin embargo, me alegro de estas dos noticias. La amenaza del supercanon digital por el que nos veríamos pagando no sólo por los CD y los DVD, sino también por los discos duros, los reproductores de música digital, los teléfonos móviles, los reproductores de DVD, los pendrive, las cámaras de fotos digitales y todo lo que conforma nuestro día a día de la tecnología, supondría una regulación basada en la presunción de culpabilidad, en el supuesto de que, en el mejor de los casos, haremos copias privadas, y, en el peor, de que somos más piratas que Barbarroja.

Con esa absurda aproximación al tema de los derechos, que busca compensar las caídas de la recaudación por la piratería, resulta que un arquitecto le paga a Ramoncín por la grabación de sus proyectos, que en todas mis fotos familiares sale mi admirado Serrat abrazado a cualquier miembro de la familia, que en mi película del Perito Moreno se descubre a Alejandro Sanz al fondo sobre el glaciar o que cuando hablo por el móvil escucho la opinión de Sabina sobre el problema que tengo con un amigo. Y ni Ramoncín ha hecho el cálculo de estructuras, ni tengo la suerte de estar con Serrat a diario, ni Alejandro se ha pagado el viaje a El Calafate, ni Sabina me ha prestado su línea telefónica.

Es evidente que la creación debe ser impulsada y que los autores tienen que cobrar bien por su trabajo. Pero tan evidente como esto es que el sistema de retribución basado en los derechos ha entrado en obsolescencia por la irrupción de las nuevas tecnologías. Los miembros de la SGAE y organizaciones similares a lo que se enfrentan es a un cambio de modelo de negocio y, hasta que no se den cuenta, no harán más que apagar fuegos mientras se les encienden otros cada vez más grandes.

Por otra parte, ¿qué pasa con el resto de los creadores? Digo yo que, por ejemplo, cuando un invitado entre en el salón de mi casa y vea el cuadro que tengo de Fermín Ramírez de Arellano, tendrá que meter 50 céntimos en una hucha con el cartel de “derechos para el autor”. Y cada vez que digamos “sangre, sudor y lágrimas” tendremos que ponerle una transferencia a los herederos de Churchill. Si nos emocionan los jardines del Palacio de La Granja, habrá dejar unos céntimos para el paisajista y habrá que pagar otros tantos siempre que disfrutemos de alguno de los edificios de Calatrava o de Moneo. Y por qué no, cuando contemos un chiste de Chiquito de la Calzada tendremos que rellenar un papel para liquidarle los derechos de risa risa. Porque vivimos rodeados de creaciones tan meritorias como esas por las que pagamos cánones y derechos, y que, sin embargo, las disfrutamos libremente. El único canon que deberíamos tener es el de la belleza.

Reconozcamos también que algunos autores han visto en la red un magnífico medio para la difusión del talento sin tener que plegarse a las condiciones de la industria. El grupo británico Koopa es un ejemplo de cómo llegar a las listas de éxitos sin haber publicado un CD, sino simplemente gracias a un single colgado en su página web. Y cada vez hay más casos parecidos. Quién sabe, igual si siguen presionando algunas asociaciones, estas escuchas sólo podrán hacerse con autorización del juez.

Foto conseguida en Espíritu Digital




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