Archivo para 10 junio 2011

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No sé yo si…

A la altura de la película de la crisis en la que nos encontramos, el espectador, en lugar de empezar a tener claro cuál puede ser el final de la trama, cada vez está más desorientado. Este es un film donde uno no acaba de encontrar al bueno de la historia y en el que, a medida que avanzamos, empieza a quedar bastante claro que los malos son todos.

Que en el origen de la crisis están unas prácticas financieras que se mueven de espaldas a la economía real, a la de toda la historia, basada en la creación de riqueza produciendo bienes o proporcionando servicios, es algo que a nadie se le escapa. Como también lo es que esos desmanes de los enigmáticos mercados fueron posibles por una política monetaria de dinero barato que favoreció una expansión del crédito sin precedentes, permitiendo un endeudamiento privado de inmensas proporciones en muchos lugares, así como el crecimiento descontrolado de las burbujas que por tantos lados han estallado. Y en eso han sido culpables las autoridades monetarias, el sector financiero, los políticos que alardeaban de una prosperidad enferma como si fuera resultado de su clarividencia y los ciudadanos de medio mundo que pensaban que podían vivir como soñaban. Cada cual tiene su cuota de responsabilidad y, desde luego, la clase política se sumó al festín con el agravante de que ellos jugaban con dinero ajeno, con el de los impuestos de los ciudadanos y las empresas, y fue con ese dinero con el que se han hecho innumerables dislates que solo alimentaban su vanidad y lustre publico. Algo que hoy, cuando casi todo va mal, se está volviendo en su contra. Porque uno con su dinero puede disparatar, aunque es recomendable no hacerlo, pero cuando lo hace con dinero ajeno debería estar obligado a asumir las consecuencias más allá de una simple derrota electoral. Si los administradores de las empresas deben hacerlo no entiendo por qué aquellos a quienes hemos encargado la administración de lo público deben tener bula. Porque muchos políticos corruptos (que deberían pagar a la sociedad todo lo que se han llevado más allá de las obligadas cuestiones penales) han hecho menos daño a las arcas públicas que muchos intachables dilapidadores.

Si uno se dedica a escuchar las tertulias que nos proponen los medios de comunicación, ese curioso producto de consumo que caduca al minuto y en el que no más de cincuenta personas nos dicen cómo debemos pensar los cuarenta y cinco millones restantes, parece que todos nuestros males se reducen a que tenemos un gobierno incapaz de solucionar el tinglado en el que nos encontramos metidos. Es cierto que ese gobierno y sobe todo su presidente en nada han ayudado a solucionar los problemas y que con sus dudas, indefiniciones, improvisaciones, contradicciones, prejuicios, ignorancia y todo lo que queramos añadir, lo único que han conseguido sembrar de dudas el entorno y agravar problemas que necesitaban de una actuación clara, decidida y con criterio. El giro de política económica que dio el iluminado por el fuego presidente Zapatero hace unos meses podía haber marcado un punto de inflexión en la percepción que se tiene de España, pero parece que el gobernante socialista pensó que con un par de diques bastaba para contener la avalancha de agua. Y hoy vivimos con los pies metidos en el fango que ya no ha dejado la tormenta. Tenemos un presidente saliente que se empeña en agotar la legislatura porque tiene ante sí la misión histórica de acabar el programa de reformas fundamentales que necesita la economía española. Y lo hará cueste lo que cueste. El problema es que cambia dos baldosas y cree que ha reformado el baño Es tal la deriva a la que ha llegado el país que Zapatero ha optado por convencerse a sí mismo de que el descalabro de su partido no es consecuencia de su incapacidad, sino de la tenaz decisión de abordar medidas impopulares que refuerzan a España de cara al futuro. Y el resultado final es el de una país que zozobra, unas reformas de “quiero y no me atrevo” y una provisionalidad en eterna prórroga que hace los problemas se agraven y que cada vez tengamos más miedo al futuro de un país que se ha empobrecido exponencialmente en los tres últimos años. Puestos a hacer reformas, mas nos valdría que Zapatero se centrara en acondicionar la vivienda a la que irá tras dejar la Moncloa y dejara las de nuestra economía en manos de los que vengan.

Claro que eso sólo será útil si los que vienen cogen el toro por los cuernos y nos reúnen a todos en cónclave familiar para decirnos la verdad de la situación a la que nos enfrentamos. Porque esta familia igual tiene que renunciar a las vacaciones, sólo podrá salir a comer fuera una vez al mes, tendrá que utilizar el transporte público y dejar el coche para momentos excepcionales… Hoy necesitamos un ejercicio descarnado de realismo que nos permita saber de verdad dónde estamos, con qué podemos y con qué no, y para ello necesitamos unos políticos capaces de asumir la gris gestión de la administración de la escasez frente al antiguo lustre del todopoderoso dadivoso.

Y para ello necesitamos implicar a toda la sociedad, una sociedad que se siente marginada, llamada a las urnas cada cuatro años y dejada de lado los cuarenta y ocho meses que median entre votación y votación. Pero para eso hace falta una regeneración social profunda que busque nuevas vías de participación democrática y dote a quienes deben dirigir el país de una legitimidad que han dilapidado con su mala práctica. Pero veo pocos con capacidad para afrontar ese reto. No sé yo si…




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