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May
14

Un nicho productivo

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La participación de los oyentes en Radio Nacional hace que, de vez en cuando, tengamos la ocasión de escuchas historias que, perteneciendo a la vida real, parece fruto de la imaginación de un gran narrador. La semana pasada Federica, una oyente de Toledo, nos refirió una historia que quiero compartir con todos vosotros. Hace más de dos décadas, un primo suyo se quedó en el paro y su madre (la tía de Federica) pensó que lo mejor era dejarle dinero para que pudiera montar un negocio. Sin embargo, el tío de Federica no era de esa opinión y, para evitar ese préstamo, se fue al banco, sacó el dinero y lo escondió. El hombre, que había sido yesero, estaba ya jubilado y, al parecer, debía considerar que el dinero que había ganado toda su vida trabajando no debía ser entregado al hijo.

Con el paso de los años, nadie supo qué diablos había hecho aquel hombre con el dinero. Todos imaginaban que lo debía haber ingresado en otro banco, a pesar de que él siempre decía: “llevadme al cementerio y no me llevéis a los bancos que a mi no me gustan”.

Veinte años después de aquello, el tío de Federica falleció sin que nadie supiera qué había sido de aquel dinero que, por cierto, ascendía a la cantidad de quince millones de pesetas (unos 90.000 euros). Celebrado el funeral, al abrir el nicho donde iba a descansar se comprobó que en el interior del mismo había una mochila. Al abrirla, cuál no sería la sorpresa de todos los presentes cuando lo que sacaron fueron unos billetes amarillentos que sumaban aquellos quince millones de pesetas que el tío había sacado del banco hacía más de dos décadas. Por lo visto, el hijo del finado sufrió un ataque de ansiedad mientras lo único que salía de su boca eran sonoros “¡hijo de puta!” que el cura neutralizaba santiguándose sin parar. El shock que sufrió la viuda fue tal que parece que ya nunca pudo recuperarse hasta que falleció al poco tiempo. Los billetes, afortunadamente,  pudieron cambiarse por euros a pesar de su estado.

Esta es la historia del tío de Federica, el yesero que del banco fue al cementerio, abrió el nicho, escondió el dinero y se pasó veinte años con su “llevadme al cementerio y no me llevéis a los bancos que a mi no me gustan”.


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