Archivo para 27 diciembre 2015

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Dic
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LUIS FIGUEROLA-FERRETTI

captura_de_pantalla_2015-11-25_a_las_13.18.29Cuando se va el compañero de tu vida, la persona a quien comprendías al primer atisbo del gesto, con quien vivías en una provocación constante a su talento en la seguridad de que siempre te sorprendería, cuando pierdes a quien siempre reía contigo, sientes la pérdida de lo que fuimos: una unidad de dos. Pasan los días, pero da igual. Vuelves a él todos los días. En cualquier momento, no importa en lo que estés ocupado, salta un recuerdo, la añoranza y el enfrentamiento a la triste realidad de que ya nunca podrán conversar los personajes que en ti habitan con los que moraban en él. Y la seguridad de que ya no habrá más anécdotas (de esas que sólo le pasaban a Luis) que incorporar a la mochila de los momentos inolvidables. Así que uno vive en un estado de emoción melancólica que siempre deriva en una sonrisa acogedora, porque cualquier recuerdo de Luis acaba alegrándote el alma.

Todos los que nos conocieron saben que teníamos una relación peculiar. No éramos unos simples compañeros de trabajo ni unos amigos que compartieran su vida. Teníamos una relación de apariencia distante, un insinuado desapego que nos permitió estar juntos tanto tiempo. Pero, más allá de esa puesta en escena, nuestra relación se construía sobre dos pilares fundamentales: la admiración y un enorme cariño. En eso y en el convencimiento de que juntos éramos mucho más que una suma de talentos individuales. Nos hacíamos crecer mutuamente y jamás competimos por brillar el uno más que el otro. Antes al contrario, lo que hacíamos era cedernos el testigo para, juntos, seguir creciendo. Por eso y por los momentos que me hizo vivir tengo que estarle eternamente agradecido.

Conocí a Luis en 1985, cuando yo era becario venido a más en el Instituto Nacional de Hidrocarburos y se presentó con su agencia a un concurso para una campaña de publicidad. Una creatividad magnífica presentada como solo Luis era capaz de hacerlo, es decir, quitándole importancia a su idea al tiempo que afirmaba que eso de la publicidad era un engañabobos. Yo pensé: qué forma más rara tiene este hombre de vender su campaña. Tal vez como consecuencia de ello, no la consiguió, a pesar de que, para el becario, la suya era la mejor creatividad. Pero la venta, así entre nosotros, creo que nunca fue uno de sus fuertes.

Meses más tarde nos juntó en la Cadena SER Julio César Iglesias. Nos sorprendimos mutuamente, porque yo no sabía que él hacía personajes ni él que yo fuera capaz de recrearlos. Y nació una pequeña sección radiofónica en la que su Manuel Fraga se enfrentaba a mi Felipe González sin más guión que lo que surgiera en el momento. Aquella sección acabó derivando en La Verbena de la Moncloa, un aquelarre radiofónico en la que llegamos a juntar más de 40 personajes en dos horas radiofónicas de pura y dura improvisación. Y, partir de ahí, veinte años contemplaron nuestras travesuras.

Siempre me sorprendió el contraste entre el Luis metido a personaje, siempre seguro y nada dubitativo, y el Luis-Luis, un ser despistado, curioso, culo inquieto, contradictorio, pero siempre genial y, sobre todo, distinto. Luis era esa persona que se aburría yendo al colegio todos los días por el mismo camino y que decidió que, para entretenerse, lo que mejor que podía hacer hacer era leer los rótulos al revés. Y tanto debió practicar el nuevo entretenimiento que mantuvo durante toda su vida una espectacular capacidad para hablar a la inversa.

Después de tantos años de convivencia, llegué a entender que Luis siempre se repartía entre dos mundos: el que acontecía a su alrededor y ese otro al que él viajaba constantemente y en cualquier circunstancia. Tras un arduo esfuerzo de recopilación de datos, llegué a la conclusión de que Luis prestaba atención al 50-60% de lo que estaba pasando y que el 40% restante lo pasaba atendiendo a lo que acontecía en su otro mundo. Lo que debo confesar es que nunca supe distinguir el momento en el que me estaba haciendo caso de aquel otro en el que, aunque te mirara, estaba preguntándose vete tú a saber qué cosa. Así que ibas a una reunión con él y se enteraba de menos de la mitad de lo que se hablaba. El resto tenía que completárselo yo, para su sorpresa, en conversaciones posteriores.

Son muchas las anécdotas vividas con Luis y, como la memoria es traidora, temo que, con el paso del tiempo, algunas de ellas se me vayan olvidando. De tal forma que, antes de que eso suceda, quiero compartir con quien lo desee esos momentos vividos, muchos de ellos contados y reídos en la radio y en reuniones de amigos. Porque, además, Luis contaba con toda naturalidad las cosas que le sucedían.

La primera anécdota que quiero traer es una de la que me enteré el mismo día del fallecimiento de Luis. Me llamó un amigo común para compartir nuestro pesar y me dijo que hacía unos meses, después de mucho tiempo sin verse ni hablar, le había llamado Luis por teléfono. Debo decir aquí que las llamadas de Luis solían empezar por un saludo acompañado de un momento de silencio que desconcertaba las primeras cien veces, luego ya un poco menos. Llegué a la conclusión de que él utilizaba esos segundos para recordar por qué te había llamado en un viaje relámpago de regreso de su mundo. Volviendo a aquella llamada, reproduzco a continuación como fue:

  • ¿Javier? (también se llama Javier el amigo común)
  • Hola soy Luis Figuerola-Ferretti.
  • Hombre Luis, qué alegría.
  • (Silencio) ¿Te acuerdas de un reloj que tenía yo que te gustaba mucho?
  • Sí, creo, que sí.
  • Pues se me ha estropeado (silencio).
  • Vaya, pues lo siento mucho (con un poco de desconcierto matizado por el hecho de que quien llama es Luis).
  • Y he pensado que me invites a comer un día.
  • Bueno, bien, hace mucho que no nos vemos…
  • Y te lo regalo. Eso sí, la reparación te la pagas tú.
  • Bueno, vale, me parece bien.
  • Bueno, pues me llamas y lo organizamos, adiós.
  • Adiós, Luis.

Para tristeza de nuestro amigo, no acabaron organizando esa comida y no pudo ver a Luis antes de que se lo llevara la enfermedad. Así era Luis y estoy convencido de que quienes le conocían no se sorprenderán por una llamada un tanto surrealista como esta.

Pretendo, de vez en cuando, compartir con vosotros las cosas de Luis de las que yo me acuerdo. Sirva esta primera entrega para recordarle con todo el cariño y para volver a expresar el dolor por esta pérdida tan injusta. Un abrazo fuerte, genio, amigo.




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