08
Feb
16

De los pactos

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El lío que montamos los electores con nuestros votos en las pasadas elecciones de diciembre lo están magnificando los elegidos, incapaces hasta el momento de haber ido un metro más allá de la línea de salida en la que les dejamos los ciudadanos.

Por fin empiezan a producirse los primeros movimientos, aunque no sabemos si, más allá de echar un ojo a izquierda y derecha, alguien ha sido capaz de coger el mínimo impulso de ánimo como para ir hacia adelante.

La situación, para “divertímiento” de quienes participan en las tertulias políticas (esa gente en la que muchos han delegado su capacidad de pensar para luego repetir en bares y oficinas sus mantras), da para mucho comentario, pero la otra situación, la del país en que vivimos, merece que valoremos lo que de verdad nos estamos jugando.

Venimos de una crisis perversa, de un terremoto económico al que le vienen siguiendo réplicas de mucha intensidad que vuelven a regar de miedo los mercados, los países y a los ciudadanos. Este inicio de 2016 es un claro ejemplo de ello. Y, con el temor a la siguiente réplica, ni tan siquiera podemos decir eso de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”, porque nuestro “estar” no es aceptable en un país en el que el paro sigue siendo brutal y en el que la pobreza es la triste realidad de mucha gente. Es cierto que nuestra situación económica ha mejorado en los últimos dos años, pero lo que tenemos ante nosotros es el reto de seguir avanzando hacia una situación más próspera y justa frente al riesgo de volver a la pavorosa casilla de salida. Ese debe ser nuestro objetivo, algo que sigue siendo difícil por el entorno en que vivimos. España, para levantar las persianas, necesita que nos sigan prestando ingentes cantidades de dinero. En nuestra mano está generar la confianza necesaria para que eso suceda (podemos ser un polo de atracción en un panorama internacional sombrío) o una desconfianza que puede meternos en un lodazal del que nos cueste mucho salir.

Este mundo globalizado que nos ha tocado vivir ha roto los equilibrios clásicos entre el poder económico y el político en detrimento de este último, con el consiguiente recorte en la capacidad de decisión de los gobiernos.  Como debemos mucho, vivimos en parte supeditados a los mercados, a que nos refinancien la deuda existente y la nueva. Y vivimos también bajo la supervisión de los organismos europeos. Vamos, que la soberanía existe, pero ya no es lo que era cuando las ligas se jugaban en casa. En este contexto es en el que se enmarcan nuestros deseados pactos y, también en este contexto, deberíamos valorar si lo que nos prometen unos y otros es o no viable.

Las elecciones las ganó el Partido Popular, como desde ese partido se repite una y otra vez. Liderado por un hombre experto en esperar, parece que esta vez se está esperando a sí mismo y no se acaba de encontrar, motivo por el cual no ha hecho el menor esfuerzo que sepamos por constituir un gobierno. Rajoy apuesta su éxito al fracaso ajeno, sin darse cuenta de que corre el riesgo de que ese sea su propio fracaso. Pero la cuestión de fondo es si el PP puede liderar un gobierno en las actuales circunstancias. En mi opinión, va a resultar muy difícil incluso en el caso de que consiguiera los apoyos necesarios. En los próximos años el PP va a estar expuesto a un rosario de juicios por las tramas de corrupción ya conocidas, que puede hacer la situación insostenible para el propio partido y para quienes pudieran apoyarle. Hasta ahora el PP ha aguantado el tirón apoyado en su sólida mayoría absoluta. ¿Se puede aguantar lo que se le viene encima con 123 diputados? Cuanto menos, esta situación convertiría en inestable cualquier gobierno presidido por Rajoy, que no sabemos si podría ser suficientemente fuerte.

Frente a un Rajoy que parece dispuesto a gobernar si no queda otro remedio, nos encontramos con un Pedro Sánchez que no tiene más remedio que gobernar dada la situación en la que se encuentra en su partido. Sus alternativas son pocas y difíciles de poner en pie, más aún si tenemos en cuenta que las primeras reacciones de sus posibles socios excluyen la posibilidad de un pacto con Podemos y Ciudadanos, lo cual, dada su concepción de la sociedad es bastante fácil de entender.

La opción de un acuerdo con Podemos, que necesitaría de otros apoyos (por lo menos en forma de abstención) parece arriesgada. Dada la manifiesta intención que tiene Podemos de acabar ocupando el espacio del Psoe, cualquier acuerdo nacería bañado con una pátina de desconfianza. Podemos manejará una estrategia de comunicación en la que lo que crean bueno se habrá conseguido gracias a ellos y en la que lo que no se haga será sin duda culpa de estos socialistas que ya no son lo que eran. Para Podemos, dejar caer ese gobierno siempre será una opción una vez crean que el desgaste del Psoe les pueda permitir conseguir su objetivo. De algún modo, es la tesis que Iglesias y los suyos están abonando ya ante una posible repetición de las elecciones (prefieran pactar con las derechas). Y en esa hipótesis no debería descartarse un acuerdo con IU que haga que, esta vez sí, el Psoe no pueda mantenerse como segunda fuerza política en el país. Tal vez los ofrecimientos de Podemos sean sinceros, pero también es legítimo pensar que son una mera estrategia para no alcanzar un pacto y cargar sobre la espalda del Psoe la responsabilidad del fracaso.

La otra opción que tiene el Psoe es el acuerdo con Ciudadanos, aparentemente más viable por la correlación de fuerzas y por su actitud de partida. Como socio, parece que Ciudadanos no plantea los riesgos comentados en el caso Podemos, aunque indudablemente el partido de Pablo Iglesias tatacaría al Psoe con el ya comentado pacto “con las derechas”. La forma de evitar ese riesgo de “contaminación” estaría vinculada a la acción reformista de ese gobierno y al componente social de sus políticas, algo en lo que creo que es posible consensuar con Albert Rivera y su equipo.

El problema es que no suman y que necesitan alguna suerte de apoyo del PP para que eso pueda salir adelante, algo que, en este momento, parece poco probable. Y, de nuevo, aunque ese apoyo se diera en la investidura, estaríamos frente a un gobierno con una débil base parlamentaria expuesto a una crisis que en cualquier momento podría provocar el PP situándose en su contra. Lo cual, de nuevo, es un importante riesgo para los socialistas.

Finalmente, nos queda la opción que a día de hoy parece más inviable, la de una gran coalición PP-Psoe-Ciudadanos. Parece difícil, en primer lugar, por la mera confrontación de programas. Lo es también por los riesgos que supone para los partidos de cara a su electorado, mayor seguramente en el caso del Psoe. Por otra parte, da la impresión de que, tras el debate electoral, la relación entre Rajoy y Sánchez quedó bastante tocada y la política tiene también un componente de de entendimiento personal que puede favorecer o dificultar acuerdos. ¿Qué formación presidiría este gobierno? ¿La más votada con lo que le espera en los juzgados? ¿El Psoe con menor respaldo electoral? ¿Ni los unos ni los otros? Complicado.

Esta opción, seguramente la preferida más allá de nuestras fronteras, necesariamente debería contemplar grandes acuerdos nacionales, porque, de no ser así, carecería de sentido. Por otra parte, si fueran capaces de consensuar grandes pactos que reformaran en profundidad la sociedad española para actualizar el pacto constitucional, el bipartidismo ganaría tiempo para lamerse las heridas y dejaría en la oposición (donde a veces hace mucho frío) a un Podemos al que se le cambiaría el paso en el manejo de los tiempos. Puede que Ciudadanos sufriera en esa hipótesis (para qué hace falta un tercero si entre los dos grandes han llegado a acuerdos), pero de su habilidad política y de comunicación dependería la capacidad de salir airoso de esa situación. ¿Y cómo saldrían los grandes del experimento? Eso dependería de los resultados de la acción ese gobierno, de la capacidad de convencer a los ciudadanos de que pusieron los intereses de país por delante los partidarios, aunque todos sepamos que estos últimos siempre estarán ahí. Muchas incógnitas, sin lugar a dudas.

Hay quienes contemplan esta solución sin Rajoy ni Sánchez, con una presidencia que recaiga en alguien con un prestigio internacional importante, con una agenda de reformas ambiciosas, el apoyo de los tres partidos y una legislatura relativamente corta. ¿Política ficción? Lo que estamos viviendo ahora lo parecía hace tan solo un año. Así que vaya usted a saber.

PD. Aliñemos todo esto con las decenas de encuestas que nos van a servir (intención de voto, valoración de pactos, pactos preferidos, valoración de líderes…), un poco de Cataluña, nuevas redadas, titiriteros, filtraciones… ¡Qué baberidad!

(Fotografía: MARISCAL EFE)

2 Responses to “De los pactos”


  1. 1 wallace97
    Martes, 9 febrero, 2016 a las 1:30 pm

    Ni venimos de una crisis ni de un terremoto económico. Estamos en un colapso total de un sistema insostenible desde hace treinta años, más o menos, que llegó a su saturación. Sobrevivió mientras pudo saquear recursos a costa de miseria y muerte, se instaló por encima de gobiernos y estados, y se está autoliquidando por su necesidad imperiosa de un crecimiento imposible. Las réplicas de las que hablas no son más que los interespacios de los parches que se han ido poniendo para alargar la agonía. Pero ya no queda recorrido para más huida por delante. Y lo que es peor, ni posibilidad de marcha atrás. Sólo que algunos, si es que lo permiten, sobrevivan al reventón y comiencen de cero.
    Ni nuestra situación económica ni la de nadie ha mejorado, ni va a mejorar, salvo la de los cuatro que ya ni tienen a quién saquear y que son tan torpes que ni saben que se tendrán que fagocitar entre ellos. La capacidad de decisión de los gobiernos, hace décadas que es nula. Y Rajoy sabe perfectamente que es el próximo títere que van a renovar los titiriteros. El circo está en plena función, con más pistas que nunca, hay que disimular y aparentar cada día más. Pero lo que más me alucina son las colas para sacar las entradas. El colmo de los colmos es que se lo pongamos tan fácil.


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